Erich Fromm - El arte de amar parte 2

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II. LA TEORÍA DEL AMOR
1. EL AMOR, LA RESPUESTA AL PROBLEMA DE LA EXISTENCIA HUMANA
Cualquier teoría del amor debe comenzar con una teoría del hombre, de la existencia humana. Si
bien encontramos amor, o más bien, el equivalente del amor, en los animales, sus afectos
constituyen fundamentalmente una parte de su equipo instintivo, del que sólo algunos restos
operan en el hombre. Lo esencial en la existencia del hombre es el hecho de que ha emergido
del reino animal, de la adaptación instintiva, de que ha trascendido la naturaleza -si bien jamás la
abandona y siempre forma parte de ella- y, sin embargo, una vez que se ha arrancado de la
naturaleza, ya no puede retornar a ella, una vez arrojado del paraíso -un estado de unidad
original con la naturaleza- querubines con espadas flameantes le impiden el paso si trata de
regresar. El hombre sólo puede ir hacia adelante desarrollando su razón, encontrando una nueva
armonía humana en reemplazo de la prehumana que está irremediablemente perdida.
Cuando el hombre nace, tanto la raza humana como el individuo, se ve arrojado de una situación
definida, tan definida como los instintos, hacia una situación indefinida, incierta, abierta. Sólo
existe certeza con respecto al pasado, y con respecto al futuro, la certeza de la muerte.
El hombre está dotado de razón, es vida consciente de sí misma; tiene conciencia de sí mismo,
de sus semejantes, de su pasado y de las posibilidades de su futuro. Esa conciencia de sí mismo
como una entidad separada, la conciencia de su breve lapso de vida, del hecho de que nace sin
que intervenga su voluntad y ha de morir contra su voluntad, de que morirá antes que los que
ama, o éstos antes que él, la conciencia de su soledad y su «separatidad» *, de su desvalidez
frente a las fuerzas de la naturaleza y de la sociedad, todo ello hace de su existencia separada y
desunida una insoportable prisión. Se volvería loco si no pudiera liberarse de su prisión y
extender la mano para unirse en una u otra forma con los demás hombres, con el mundo
exterior.
La vivencia de la separatidad provoca angustia; es, por cierto, la fuente de toda angustia. Estar
separado significa estar aislado, sin posibilidad alguna para utilizar mis poderes huma nos. De
ahí que estar separado signifique estar desvalido, ser incapaz de aferrar el mundo -las cosas y
las personas- activamente; significa que el mundo puede invadirme sin que yo pueda reaccionar.
Así, pues, la separatidad es la fuente de una intensa angustia. Por otra parte, produce vergüenza
y un sentimiento de culpa. El relato bíblico de Adán y Eva expresa esa experiencia de culpa y
vergüenza en la separatidad. Después de haber comido Adán y Eva del fruto del «árbol del
conocimiento del bien y del mal», después de haber desobedecido (el bien y el mal no existen si
no hay libertad para desobedecer), después de haberse vuelto humanos al emanciparse de la
originaria armonía animal con la naturaleza, es decir, después de su nacimiento como seres
humanos, vieron «que estaban desnudos y tuvieron vergüenza». ¿Debemos suponer que un mito
tan antiguo y elemental como ése comparte la mojigatería del enfoque moralista del siglo XIX, y
que el punto importante que el relato quiere transmitirnos es la turbación de Adán y Eva porque
sus genitales eran visibles? Es muy difícil que así sea, y si interpretamos el relato con un espíritu
victoriano, pasamos por alto el punto principal, que parece ser el siguiente: después que hombre
y mujer se hicieron conscientes de sí mismos y del otro, tuvieron conciencia de su separatidad, y
de la diferencia entre ambos, en la medida en que pertenecían a sexos distintos. Pero, al
reconocer su separatidad, siguen siendo desconocidos el uno para el otro, porque aún no han
aprendido a amarse (como lo demuestra el hecho de que Adán se defiende, acusando a Eva, en
lugar de tratar de defenderla). La conciencia de la separación humana -sin la reunión por el
amor- es la fuente de la vergüenza. Es, al mismo tiempo, la fuente de la culpa y la angustia.
La necesidad más profunda del hombre es, entonces, la necesidad de superar su separatidad,
de abandonar la prisión de su soledad. El fracaso absoluto en el logro de tal finalidad significa la
locura, porque el pánico del aislamiento total sólo puede vencerse por medio de un retraimiento
tan radical del mundo exterior que el sentimiento de separación se desvanece -porque el mundo
exterior, del cual se está separado, ha desaparecido-.
El hombre -de todas las edades y culturas- enfrenta la solución de un problema que es siempre
el mismo: el problema de cómo superar la separatidad, cómo lograr la unión, cómo trascender la
propia vida individual y encontrar compensación. El problema es el mismo para el hombre
primitivo que habita en cavernas, el nómada que cuida de sus rebaños, el pastor egipcio, el
mercader fenicio, el soldado romano, el monje medieval, el samurai japonés, el empleado y el
obrero modernos. El problema es el mismo, puesto que surge del mismo terreno: la situación
humana, las condiciones de la existencia humana. La respuesta varía. La solución puede
alcanzarse por medio de la adoración de animales, del sacrificio humano o las conquistas
militares, por la complacencia en la lujuria, el renunciamiento ascético, el trabajo obsesivo, la
creación artística, el amor a Dios y el amor al Hombre. Y si bien las respuestas son muchas -su
crónica constituye la historia humana- no son, empero, innumerables. Por el contrario, en cuanto
se dejan de lado las diferencias menores, que corresponden más a la periferia que al centro, se
descubre que el hombre sólo ha dado un número limitado de respuestas, y que no pudo haber
dado más, en las diversas culturas en que vivió. La historia de la religión y de la filosofía es la
historia de esas respuestas, de su diversidad, así como de su limitación en cuanto al número.
Las respuestas dependen, en cierta medida, del grado de individualización alcanzado por el
individuo. En el infante, la yoidad se ha desarrollado apenas; él aún se siente uno con su madre,
no experimenta el sentimiento de separatidad mientras su madre está presente. Su sensación de
soledad es creada por la presencia física de la madre, sus pechos, su piel. Sólo en el grado que
el niño desarrolla su sensación de separatidad e individualidad, la presencia física de la madre
deja de ser suficiente y surge la necesidad de superar de otras maneras la separatidad.
De manera similar, la raza humana, en su infancia, se siente una con la naturaleza. El suelo, los
animales, las plantas, constituyen aún el mundo del hombre, quien se identifica con los animales,
como lo expresa el uso que hace de máscaras animales, la adoración de un animal totémico o de
dioses animales. Pero cuanto más se libera la raza humana de tales vínculos primarios, más
intensa se torna la necesidad de encontrar nuevas formas de escapar del estado de separación.
Una forma de alcanzar tal objetivo consiste en diversas clases de estados orgiásticos. Estos
pueden tener la forma de un trance autoinducido, a veces con la ayuda de drogas. Muchos
rituales de tribus primitivas ofrecen un vívido cuadro de ese tipo de solución. En un estado
transitorio de exaltación, el mundo exterior desaparece, y con él el sentimiento de separatidad
con respecto al mismo. Puesto que tales rituales se practican en común, se agrega una
experiencia de fusión con el grupo que hace aún más efectiva esa solución. En estrecha relación
con la solución orgiástica, y frecuentemente unida a ella, está la experiencia sexual. El orgasmo
sexual puede producir un estado similar al provocado por un trance o a los efectos de ciertas
drogas. Los ritos de orgías sexuales comunales formaban parte de muchos rituales primitivos.
Según parece, el hombre puede seguir durante cierto tiempo, después de la experiencia
orgiástica, sin sufrir demasiado a causa de su separatidad. Lentamente, la tensión de la angustia
comienza a aumentar, y disminuye otra vez por medio de la repetición del ritual.
Mientras tales estados orgiásticos constituyen una práctica común en una tribu, no producen
angustia o culpa. Participar en ellos es correcto, e inclusive es virtuoso, puesto que constituyen
una forma compartida por todos, aprobada y exigida por los médicos brujos o los sacerdotes; de
ahí que no existan motivos para sentirse culpable o avergonzado. La situación es enteramente
distinta cuando un individuo elige esa solución en una cultura que ha dejado atrás tales prácticas
comunes. En una cultura no orgiástica, el alcohol y las drogas son los medios a su disposición.
En contraste con los que participan en la solución socialmente aceptada, tales individuos
experimentan sentimientos de culpa y remordimiento. Tratan de escapar de la separatidad
refugiándose en el alcohol o las drogas; pero cuando la experiencia orgiástica concluye, se
sienten más separados aún, y ello los impulsa a recurrir a tal experiencia con frecuencia e
intensidad crecientes. La solución orgiástica sexual presenta leves diferencias. En cierta medida,
constituye una forma natural y normal de superar la separatidad, y una solución parcial al
problema del aislamiento. Pero en muchos individuos que no pueden aliviar de otras maneras el
estado de separación, la búsqueda del orgasmo sexual asume un carácter que lo asemeja
bastante al alcoholismo o la afición a las drogas. Se convierte en un desesperado intento de
escapar a la angustia que engendra la separatidad y provoca una sensación cada vez mayor de
separación, puesto que el acto sexual sin amor nunca elimina el abismo que existe entre dos
seres humanos, excepto en forma momentánea.
Todas las formas de unión orgiástica tienen tres características: son intensas, incluso violentas;
ocurren en la personalidad total, mente y cuerpo; son transitorias y periódicas. Exactamente lo
contrario ocurre en esa forma de unión que está lejos de ser la solución que con mayor
frecuencia eligió el hombre en el pasado y en el presente: la unión basada en la conformidad con
el grupo, sus costumbres, prácticas y creencias. Volvemos a encontrar aquí una evolución
considerable.
En una sociedad primitiva el grupo es pequeño; está integrado por aquellos que comparten la
sangre y el suelo. Con el desarrollo creciente de la cultura, el grupo se extiende; se con vierte en
la ciudadanía de una polis, de un gran Estado, los miembros de una iglesia. Hasta el romano
indigente se sentía orgulloso de poder decir civis romanus sum; Roma y el Imperio eran su
familia, su hogar, su mundo. También en la sociedad occidental contemporánea la unión con el
grupo es la forma predominante de superar el estado de separación. Se trata de una unión en la
que el ser individual desaparece en gran medida, y cuya finalidad es la pertenencia al rebaño. Si
soy como todos los demás, si no tengo sentimientos o pensamientos que me hagan diferente, si
me adapto en las costumbres, las ropas, las ideas, al patrón del grupo, estoy salvado; salvado de
la temible experiencia dé la soledad. Los sistemas dictatoriales utilizan amenazas y el terror para
inducir esta conformidad; los países democráticos, la sugestión y la propaganda.
Indudablemente, hay una gran diferencia entre los dos sistemas. En las democracias, la no
conformidad es posible, y en realidad, no está totalmente ausente; en los sistemas totalitarios,
sólo unos pocos héroes y mártires insólitos se niegan a obedecer. Pero, a pesar de esa
diferencia, las sociedades democráticas muestran un abrumador grado de conformidad. La razón
radica en el hecho de que debe existir una respuesta a la búsqueda de unión, y, a falta de una
distinta o mejor, la conformidad con el rebaño se convierte en la forma predominante. El poder
del miedo a ser diferente, a estar solo unos pocos pasos alejado del rebaño, resulta evidente si
se piensa cuán profunda es la necesidad de no estar separado. A veces el temor a la no
conformidad se racionaliza como miedo a los peligros prácticos que podrían amenazar al
rebelde. Pero en realidad la gente quiere someterse en un grado mucho más alto de lo que está
obligada a hacerlo, por lo menos en las democracias occidentales.
La mayoría de las gentes ni siquiera tienen conciencia de su necesidad de conformismo. Viven
con la ilusión de que son individualistas, de que han llegado a determinadas conclusiones como
resultado de sus propios pensamientos -y que simplemente sucede que sus ideas son iguales
que las de la mayoría-. El consenso de todos sirve como prueba de la corrección de «sus» ideas.
Puesto que aún tienen necesidad de sentir alguna individualidad, tal necesidad se satisface en lo
relativo a diferencias menores; las iniciales en la cartera o en la camisa, la afiliación al partido
Demócrata en lugar del Republicano, a los Elks en vez de los Shriners, se convierte en la
expresión de las diferencias individuales. El lema publicitario «es distinto» nos demuestra esa
patética necesidad de diferencia, cuando, en realidad, casi no existe ninguna.
Esa creciente tendencia a eliminar las diferencias se relaciona estrechamente con el concepto y
la experiencia de igualdad, tal como se está desarrollando en las sociedades industria les más
avanzadas. En un contexto religioso, igualdad significó que todos somos hijos de Dios, que todos
compartimos la misma sustancia humano-divina, que todos somos uno. Significaba también que
deben respetarse las diferencias entre los individuos, que, si bien es cierto que todos somos uno,
también lo es que cada uno de nosotros constituye una entidad única, un cosmos en si mismo.
Tal convicción acerca de la unicidad del individuo se expresa, por ejemplo, en la sentencia talmúdica:
«Quien salva una sola vida, es como si hubiera salvado a todo el mundo; quien destruye
una sola vida, es como si hubiera destruido a todo el mundo.» La igualdad como una condición
para el desarrollo de la individualidad fue, asimismo, el significado de este concepto en la
filosofía del iluminismo occidental. Denotaba (como lo formuló muy claramente Kant) que ningún
hombre debe ser un medio para que otro hombre realice sus fines. Que todos los hombres son
iguales en la medida en que son finalidades, y sólo finalidades, y nunca medios los unos para los
otros. Continuando las ideas del iluminismo, los pensadores socialistas de diversas escuelas
definieron la igualdad como la abolición de la explotación, del uso del hombre por el hombre,
fuera ese uso cruel o «humanitario».
En la sociedad capitalista contemporánea, el significado del término igualdad se ha
transformado. Por él se entiende la igualdad de los autómatas, de hombres que han perdido su
individualidad. Hoy en día, igualdad significa «identidad» antes que «unidad». Es la identidad de
las abstracciones, de los hombres que trabajan en los mismos empleos, que tienen idénticas
diversiones, que leen los mismos periódicos, que tienen idénticos pensamientos e ideas. En este
sentido, también deben recibirse con cierto escepticismo algunas conquistas generalmente
celebradas como signos de progreso, tales como la igualdad de las mujeres. Me parece
innecesario aclarar que no estoy en contra de tal igualdad; pero los aspectos positivos de esa
tendencia a la igualdad no deben engañarnos. Forman parte del movimiento hacia la eliminación
de las diferencias. Tal es el precio que se paga por la igualdad: las mujeres son iguales porque
ya no son diferentes. La proposición de la filosofía del iluminismo, l´ame n'a pas de sexe, el alma
no tiene sexo, se ha convertido en práctica general. La polaridad de los sexos está
desapareciendo, y con ella el amor erótico, que se basa en dicha polaridad. Hombres y mujeres
son idénticos, no iguales como polos opuestos. La sociedad contemporánea predica el ideal de
la igualdad no individualizada, porque necesita átomos humanos, todos idénticos, para hacerlos
funcionar en masa, suavemente, sin fricción; todos obedecen las mismas órdenes, y no obstante,
todos están convencidos de que siguen sus propios deseos. Así como la moderna producción en
masa requiere la estandarización de los productos, así el proceso social requiere la
estandarización del hombre, y esa estandarización es llamada «igualdad».
La unión por la conformidad no es intensa y violenta; es calma, dictada por la rutina, y por ello
mismo, suele resultar insuficiente para aliviar la angustia de la separatidad. La frecuencia del
alcoholismo, la afición a las drogas, la sexualidad compulsiva y el suicidio en la sociedad
occidental contemporánea constituyen los síntomas de ese fracaso relativo de la conformidad
tipo rebaño. Más aún, tal solución afecta fundamentalmente a la mente, y no al cuerpo, por lo
cual es menos efectiva que las soluciones orgiásticas. La conformidad tipo rebaño ofrece tan
sólo una ventaja: es permanente, y no espasmódica. El individuo es introducido en el patrón de
conformidad a la edad de tres o cuatro años, y a partir de ese momento, nunca pierde el contacto
con el rebaño. Aun su funeral, que él anticipa como su última actividad social importante, está
estrictamente de acuerdo con el patrón.
Además de la conformidad como forma de aliviar la angustia que surge de la separatidad,
debemos considerar otro factor de la vida contemporánea: el papel de la rutina en el trabajo yen
el placer. El hombre se convierte en «ocho horas de trabajo», forma parte de la fuerza laboral, de
la fuerza burocrática de empleados y empresarios. Tiene muy poca iniciativa, sus tareas están
prescritas por la organización del trabajo; incluso hay muy poca diferencia entre los que están en
los peldaños inferiores de la escala y los que han llegado más arriba. Aun los sentimientos están
prescritos: alegría, tolerancia, responsabilidad, ambición y habilidad para llevarse bien con todo
el mundo sin inconvenientes. Las diversiones están rutinizadas en forma similar, aunque notan
drástica. Los clubs del libro seleccionan el material de lectura; los dueños de cinematógrafos y
salas de espectáculos, las películas, y pagan, además, la propaganda respectiva; el resto
también es uniforme: el paseo en auto del domingo, la sesión de televisión, la partida de naipes,
las reuniones sociales. Desde el nacimiento hasta la muerte, de lunes a lunes, de la mañana a la
noche: todas las actividades están rutinizadas y prefabricadas. ¿Cómo puede un hombre preso
en esa red de actividades rutinarias recordar que es un hombre, un individuo único, al que sólo le
ha sido otorgada una única oportunidad de vivir, con esperanzas y desilusiones, con dolor y
temor, con el anhelo de amar y el miedo a la nada y a la separatidad?
Una tercera manera de lograr la unión reside en la actividad creadora, sea la del artista o la del
artesano. En cualquier tipo de tarea creadora, la persona que crea se une con su material, que
representa el mundo exterior a él. Sea un carpintero que construye una mesa, un joyero que
fabrica una joya, el campesino que siembra el trigo o el pintor que pinta una tela, en todos los
tipos de trabajo creador el individuo y su objeto se tornan uno, el hombre se une al mundo en el
proceso de creación. Esto, sin embargo, sólo es válido para el trabajo productivo, para la tarea
en la que yo planeo, produzco, veo el resultado de mi labor. Actualmente en el proceso de
trabajo de un empleado o un obrero en la interminable cadena, poco queda de esa cualidad
unificadora del trabajo. El trabajador se convierte en un apéndice de la máquina o de la
organización burocrática. Ha dejado de ser él, y por eso mismo no se produce ninguna unión
aparte de la que se logra por medio de la conformidad.
La unidad alcanzada por medio del trabajo productivo no es interpersonal; la que se logra en la
fusión orgiástica es transitoria; la proporcionada por la conformidad es sólo pseudounidad. Por lo
tanto, constituyen meras respuestas parciales al problema de la existencia. La solución plena
está en el logro de la unión interpersonal, la fusión con otra persona, en el amor.
Ese deseo de fusión interpersonal es el impulso más poderoso que existe en el hombre.
Constituye su pasión más fundamental, la fuerza que sostiene a la raza humana, al clan, a la
familia y a la sociedad. La incapacidad para alcanzarlo significa insania o destrucción -de sí
mismo o de los demás-. Sin amor, la humanidad no podría existir un día más. Sin embargo, si
llamamos «amor» al logro de la unión interpersonal, nos vemos frente a una seria dificultad. La
fusión puede lograrse en distintas formas -y las diferencias no son menos significativas que lo
que tienen de común las diversas formas del amor-. ¿Deberíamos llamar amor a todas ellas? ¿O
tendríamos que reservar la palabra amor únicamente para una forma específica de unión, una
forma que ha sido la virtud ideal de todas las grandes religiones y sistemas filosóficos
humanísticos en los cuatro mil años de historia occidental y oriental?
Como ocurre con todas las dificultades semánticas, la respuesta sólo puede ser arbitraria. Lo
importante es que sepamos a qué clase de unión nos referimos cuando hablamos de amor.
¿Trátase del amor como solución madura al problema de la existencia, o nos referimos a esas
formas inmaduras de amar que podríamos llamar unión simbiótica? En los pasajes siguientes
sólo usaré el término amor para designar la primera alternativa. Comenzaré el examen del
«amor» con la segunda.
La unión simbiótica tiene su patrón biológico en la relación entre la madre embarazada y el feto.
Son dos y, sin embargo, uno solo. Viven «juntos» (sym-biosis), se necesitan mutuamente. El feto
es parte de la madre y recibe de ella cuanto necesita; la madre es su mundo, por así decirlo; lo
alimenta, lo protege, pero también su propia vida se ve realzada por él. En la unión simbiótica
psíquica, los dos cuerpos son independientes, pero psicológicamente existe el mismo tipo de
relación.
La forma pasiva de la unión simbiótica es la sumisión, o, para usar un término clínico, el
masoquismo. La persona masoquista escapa del intolerable sentimiento de aislamiento y separatidad
convirtiéndose en una parte de otra persona que la dirige, la guía, la protege, que es
su vida y el aire que respira, por así decirlo. Se exagera el poder de aquel al que uno se somete,
se trate de una persona o de un dios; él es todo, yo soy nada, salvo en la medida en que formo
parte de él. Como tal, comparto su grandeza, su poder, su seguridad. La persona masoquista no
tiene que tomar decisiones, ni correr riesgos; nunca está sola, pero no es independiente; carece
de integridad; no ha nacido aún totalmente. En un contexto religioso, el objeto de la adoración
recibe el nombre de ídolo; en el contexto secular de la relación amorosa masoquista, el
mecanismo esencial, de idolatría, es el mismo. La relación masoquista puede estar mezclada
con deseo físico, sexual; en tal caso, trátase de una sumisión de la que no sólo participa la
mente, sino también todo el cuerpo. Puede ser una sumisión masoquista ante el destino, la
enfermedad, la música rítmica, el estado orgiástico producido por drogas o por un trance
hipnótico; en todos los casos la persona renuncia a su integridad, se convierte en un instrumento
de alguien o algo exterior a él; no necesita resolver el problema de la existencia por medio de la
actividad productiva.
La  forma  activa  de  la  fusi€n  simbi€tica  es  la  dominaci€n,  o,  para  utilizar  el  trmino
correspondiente a masoquismo, el  sadismo. La persona  s‚dica quiere escapar de  su  soledad  y
de  su  sensaci€n  de  estar  aprisionada  haciendo  de  otro  individuo  una  parte  de  sƒ  misma.  Se
siente acrecentada y realzada incorporando a otra persona, que la adora.
La persona  s‚dica  es tan dependiente  de la  sumisa como sta  de  aqulla; ninguna  de las dos
puede  vivir  sin  la  otra.  La  diferencia  s€lo  radica  en  que  la  persona  s‚dica  domina,  explota,
lastima y humilla, y la masoquista es dominada, explotada, lastimada y humillada. En un sentido
realista, la  diferencia  es  considerable;  en  un  sentido  emocional  profundo,  la  diferencia  no  es
mayor  que  lo  que  ambas tienen  en com„n: la  fusi€n  sin  integridad.  Desde ese  punto  de  vista,
tampoco es  sorprendente  encontrar  que, por lo  general, una persona reacciona tanto  en forma
s‚dica  como  masoquista,  habitualmente  con  respecto  a  objetos  diferentes.  Hitler  reaccionaba
s‚dicamente  frente  al  pueblo,  pero  con  una  actitud  masoquista  hacia  el  destino,  la  historia,  el
…poder superior† de la naturaleza. Su fin –el suicidio en medio de la destrucci€n general- es tan
caracterƒstico como lo fueron sus sueˆos de xito -el dominio total-.
En contraste con la uni€n simbi€tica, el amor maduro significa uni€n a condici€n de preservar la
propia integridad, la propia individualidad. El amor es un poder activo en el hombre; un poder que
atraviesa las barreras que separan al hombre de sus semejantes y lo une a los dem‚s; el amor lo
capacita para superar su sentimiento de aislamiento y separatidad, y no obstante le permite ser
uno mismo, mantener su integridad. En el amor se da la paradoja de dos seres que se convierten
en uno y, no obstante, siguen siendo dos.
Si  decimos  que  el  amor  es  una  actividad,  nos  vemos  frente  a  una  dificultad  que  reside  en  el significado  ambiguo  de  la  palabra  …actividad†.  En  el  sentido  moderno  del  trmino,  …actividad†
denota  una  acci€n  que,  mediante  un  gasto  de  energƒa,  produce  un  cambio  en  la  situaci€n
existente.  Asƒ,  un  hombre  es  activo  si  atiende  su  negocio,  estudia  medicina,  trabaja  en  una
cadena sinfƒn, construye una mesa, o se dedica a los deportes. Todas esas actividades tienen en
com„n el estar dirigidas hacia una meta exterior. Lo que no se tiene en cuenta es la motivaci€n
de la actividad. Consideremos, por ejemplo, el caso del hombre al que una profunda sensaci€n
de inseguridad y soledad impulsa a trabajar incesantemente; o del otro movido por la ambici€n, o
el ansia de riqueza. En todos esos casos, la persona es esclava de una pasi€n, y, en realidad, su
actividad es una …pasividad†, puesto que est‚ impulsado; es el que sufre la acci€n, no el que la
realiza.  Por  otra  parte,  se  considera  …pasivo†  a  un  hombre  que  est‚  sentado,  inm€vil  y
contemplativo, sin otra finalidad o prop€sito que experimentarse a sƒ mismo y su unicidad con el
mundo,  porque  no  …hace†  nada.  En  realidad,  esa  actitud  de  concentrada  meditaci€n  es  la
actividad m‚s elevada, una  actividad del alma, y s€lo es posible bajo la condici€n de libertad  e
independencia  interiores.  (  Se  encontrar‚  un  estudio  m‚s  detallado  del  sadismo  y  del
masoquismo en E. Fromm, El miedo a la libertad, Ediciones Paid€s, 1958.)Uno de los conceptos
de actividad, el moderno, se refiere al uso de energƒa para el logro de fines exteriores; el otro, al
uso  de  los  poderes  inherentes  del  hombre,  se  produzcan  o  no  cambios  externos.  Spinoza
formul€ con suma claridad el segundo concepto de actividad, distinguiendo entre afectos activos
y pasivos, entre …acciones† y …pasiones†. En el ejercicio de un afecto activo, el hombre es libre,
es  el  amo  de  su  afecto;  en  el  afecto  pasivo,  el  hombre  se  ve  impulsado,  es  objeto  de
motivaciones  de  las  que  no  se  percata.  Spinoza  llega  de  tal modo  a  afirmar  que  la  virtud y el poder  son una y la misma cosa ( Spinoza, Etica IV, Def. 8.). La envidia, los celos, la  ambici€n,
todo tipo de avidez, son pasiones; el amor es una acci€n, la pr‚ctica de un poder humano, que
s€lo puede realizarse en la libertad y jam‚s como resultado de una compulsi€n.
El  amor  es  una  actividad,  no  un  afecto  pasivo;  es  un  …estar  continuado†,  no  un  …s„bito
arranque†.  En  el  sentido m‚s general, puede describirse  el  car‚cter  activo  del amor afirmando
que amar es fundamentalmente dar, no recibir.
‰Qu es dar? Por  simple que parezca la respuesta, est‚  en realidad plena de ambigŠedades y
complejidades. El malentendido m‚s com„n consiste en suponer que dar significa …renunciar† a
algo, privarse de algo, sacrificarse. La persona cuyo car‚cter no se ha desarrollado m‚s all‚ de
la etapa correspondiente a la orientación receptiva, experimenta de esa manera el acto de dar. El
carácter mercantil está dispuesto a dar, pero sólo a cambio de recibir; para él, dar sin recibir
significa una estafa (Un examen detallado de esas orientaciones caracterológicas se encontrará
en E. Fromm, Ética y Psicoanálisis, México, Fondo de Cultura Económica, 1957, Cap. 3, págs.
70 y sig.). La gente cuya orientación fundamental no es productiva, vive el dar como un
empobrecimiento, por lo que se niega generalmente a hacerlo. Algunos hacen del dar una virtud,
en el sentido de un sacrificio. Sienten que, puesto que es doloroso, se debe dar, y creen que la
virtud de dar está en el acto mismo de aceptación del sacrificio. Para ellos, la norma de que es
mejor dar que recibir significa que es mejor sufrir una privación que experimentar alegría.
Para el carácter productivo, dar posee un significado totalmente distinto: constituye la más alta
expresión de potencia. En el acto mismo de dar, experimento mi fuerza, mi riqueza, mi poder. Tal
experiencia de vitalidad y potencia exaltadas me llena de dicha. Me experimento a mí mismo
como desbordante, pródigo, vivo, y, por tanto, dichoso (Compárese con la definición de la dicha
formulada por Spinoza.) Dar produce más felicidad que recibir, no porque sea una privación, sino
porque en el acto de dar está la expresión de mi vitalidad.
Si aplicamos ese principio a diversos fenómenos específicos, advertiremos fácilmente su validez.
Encontramos el ejemplo más elemental en la esfera del sexo. La culminación de la función
sexual masculina radica en el acto de dar; el hombre se da a sí mismo, da su órgano sexual, a la
mujer. En el momento del orgasmo, le da su semen. No puede dejar de darlo si es potente. Si no
puede dar, es impotente. El proceso no es diferente en la mujer, si bien algo más complejo.
También ella se da; permite el acceso al núcleo de su feminidad; en el acto de recibir, ella da. Si
es incapaz de ese dar, si sólo puede recibir, es frígida. En su caso, el acto de dar vuelve a
producirse, no en su función de amante, sino como madre. Ella se da al niño que crece en su
interior, le da su leche cuando nace, le da el calor de su cuerpo. No dar le resultaría doloroso.
En la esfera de las cosas materiales, dar significa ser rico. No es rico el que tiene mucho, sino el
que da mucho. El avaro que se preocupa angustiosamente por la posible pérdida de algo es,
desde el punto de vista psicológico, un hombre indigente, empobrecido, por mucho que posea.
Quien es capaz de dar de sí es rico. Siéntese a sí mismo como alguien que puede entregar a los
demás algo de sí. Sólo un individuo privado de todo lo que está más allá de las necesidades
elementales para la subsistencia seria incapaz de gozar con el acto de dar cosas materiales. La
experiencia diaria demuestra, empero, que lo que cada persona considera necesidades mínimas
depende tanto de su carácter como de sus posesiones reales. Es bien sabido que los pobres
están más inclinados a dar que los ricos. No obstante, la pobreza que sobrepasa un cierto límite
puede impedir dar, y es, en consecuencia, degradante, no sólo a causa del sufrimiento directo
que ocasiona, sino porque priva a los pobres de la alegría de dar.
Sin embargo, la esfera más importante del dar no es la de las cosas materiales, sino el dominio
de lo específicamente humano. ¿Qué le da una persona a otra? Da de sí misma, de lo más
precioso que tiene, de su propia vida. Ello no significa necesariamente que sacrifica su vida por
la otra, sino que da lo que está vivo en él -da de su alegría, de su interés, de su comprensión, de
su conocimiento, de su humor, de su tristeza-, de todas las expresiones y manifestaciones de lo
que está vivo en él. Al dar así de su vida, enriquece a la otra persona, realza el sentimiento de
vida de la otra al exaltar el suyo propio. No da con el fin de recibir; dar es de por sí una dicha
exquisita. Pero, al dar, no puede dejar de llevar a la vida algo en la otra persona, y eso que nace
a la vida se refleja a su vez sobre ella; cuando da verdaderamente, no puede dejar de recibir lo
que se le da en cambio. Dar implica hacer de la otra persona un dador, y ambas comparten la
alegría de lo que han creado. Algo nace en el acto de dar, y las dos personas involucradas se
sienten agradecidas a la vida que nace para ambas. En lo que toca específicamente al amor, eso
significa: el amor es un poder que produce amor; la impotencia es la incapacidad de producir
amor. Marx ha expresado bellamente este pensamiento: «Supongamos -dice-, al hombre como
hombre, y su relación con el mundo en su aspecto humano, y podremos intercambiar amor sólo
por amor, confianza por confianza, etc. Si se quiere disfrutar del arte, se debe poseer una 54
formación artística; si se desea tener influencia sobre otra gente, se debe ser capaz de ejercer
una influencia estimulante y alentadora sobre la gente. Cada una de nuestras relaciones con el
hombre y con la naturaleza debe ser una expresión definida de nuestra vida real, individual,
correspondiente al objeto de nuestra voluntad. Si amamos sin producir amor, es decir, si nuestro
amor como tal no produce amor, si por medio de una expresión de vida como personas que
amamos, no nos convertimos en personas amadas, entonces nuestro amor es impotente, es una
desgracia» («Nationalókonomie und Philosophie», 1844, publicada en Karl Marx. Die
Frühschrifien, Stuttgart. Alfred Króner Verlag, 1953, págs. 300. 301). Pero no sólo en lo que
atañe al amor dar significa recibir. El maestro aprende de sus alumnos, el auditorio estimula al
actor, el paciente cura a su psicoanalista -siempre y cuando no se traten como objetos, sino que
estén relacionados entre sí en forma genuina y productiva.
Apenas si es necesario destacar el hecho de que la capacidad de amar como acto de dar
depende del desarrollo caracterológico de la persona. Presupone el logro de una orientación
predominantemente productiva, en la que la persona ha superado la dependencia, la
omnipotencia narcisista, el deseo de explotar a los demás, o de acumular, y ha adquirido fe en
sus propios poderes humanos y coraje para confiar en su capacidad para alcanzar el logro de
sus fines. En la misma medida en que carece de tales cualidades, tiene miedo de darse, y, por
tanto, de amar.
Además del elemento de dar, el carácter activo del amor se vuelve evidente en el hecho de que
implica ciertos elementos básicos, comunes a todas las formas del amor. Esos elementos son:
cuidado, responsabilidad, respeto y conocimiento.
Que el amor implica cuidado es especialmente evidente en el amor de una madre por su hijo.
Ninguna declaración de amor por su parte nos parecería sincera si viéramos que descuida al
niño, si deja de alimentarlo, de bañarlo, de proporcionarle bienestar físico; y creemos en su amor
si vemos que cuida al niño. Lo mismo ocurre incluso con el amor a los animales y las flores. Si
una mujer nos dijera que ama las flores, y viéramos que se olvida de regarlas, no creeríamos en
su «amor» ú las flores. El amor es la preocupación activa por la vida y el crecimiento de lo que
amamos. Cuando falta tal preocupación activa, no hay amor. En el libro de Jonás se describe en
forma sumamente bella este elemento del amor. Dios le ha dicho a Jonás que vaya a Nínive para
advertir a sus habitantes que serán castigados si no abandonan sus prácticas perversas. Jonás
huye de su misión porque teme que la gente de Nínive se arrepienta y que Dios los perdone. Es
un hombre con un poderoso sentido del orden y de la ley, pero sin amor. Sin embargo, al tratar
de escapar, se encuentra en el vientre de una ballena, que simboliza el estado de aislamiento y
reclusión que ha provocado en el su falta de amor y de solidaridad. Dios lo salva, y Jonás va a
Nínive. Predica ante los habitantes tal como Dios se lo ha mandado, y ocurre aquello que él tanto
temía. Los hombres de Nínive se arrepienten de sus pecados, abandonan sus malos hábitos, y
Dios los perdona y decide no destruir la ciudad. Jonás se siente hondamente enojado y
apesadumbrado; él quería «justicia», no misericordia. Por fin encuentra cierto consuelo en la
sombra de un árbol que Dios ha hecho Crecer para protegerlo del sol. Pero cuando Dios hace
que el árbol se seque, Jonás se deprime y se queja airadamente a Dios. Dios responde: «Tuviste
tú lástima de la calabacera, en la cual no trabajaste, ni tú la hiciste crecer; que en espacio de una
noche nació y en espacio de una noche pereció. Y no tendré yo piedad de Nínive, aquella gran
ciudad, donde hay más de ciento veinte mil personas que no conocen su mano derecha su mano
izquierda, y muchos animales?» La respuesta de Dios a Jonás debe entenderse simbólicamente.
Dios le explica a Jonás que la esencia del amor es «trabajar» por algo y «hacer crecer», que e
amor y el trabajo son inseparables. Se ama aquello por lo que se trabaja, y se trabaja por lo que
se ama. El cuidado y la preocupación implican otro aspecto del amor: el de la responsabilidad.
Hoy en día suele usarse ese término para denotar un deber, algo impuesto desde el exterior.
Pero la responsabilidad, en su verdadero sentido, es un acto enteramente voluntario, constituye
mi respuesta a las necesidades, expresadas o no, de otro ser humano. Ser «responsable»
significa estar listo y dispuesto a «responder». Jonás no se sentía responsable ante los
habitantes de Nínive. El, como Caín, podía preguntar: «¿Soy yo el guardián de mi hermano?» La
persona que ama, responde. La vida de su hermano no es sólo asunto de su hermano, sino.
propio. Siéntese tan responsable por sus semejantes como por sí mismo. Tal responsabilidad, en
el caso de la madre y su hijo, atañe principalmente al cuidado de las necesidades físicas. En el
amor entre adultos, a las necesidades psíquicas de la otra persona.
La responsabilidad podría degenerar fácilmente en dominación y posesividad, si no fuera por un
tercer componente del amor, el respeto. Respeto no significa temor y sumisa reverencia; denota,
de acuerdo con la raíz de la palabra (respicere = mirar), la capacidad de ver a una persona tal
cual es, tener conciencia de su individualidad única. Respetar significa preocuparse por que la
otra persona crezca y se desarrolle tal como es. De ese modo, el respeto implica la ausencia de
explotación. Quiero que la persona amada crezca y se desarrolle por sí misma, en la forma que
les es propia, y no para servirme. Si amo a la otra persona, me siento uno con ella, pero con
ella_ tal cual es, no como yo necesito que sea, como un objeto para mi uso. Es obvio que el
respeto sólo es posible si yo he alcanzado independencia; si puedo caminar sin muletas, sin
tener que dominar ni explotar a nadie. El respeto sólo existe sobre la base de la libertad: "
l'amour est l'enfant de la liberté», dice una vieja canción francesa; el amor es hijo de la libertad,
nunca de la dominación.
Respetar a una persona sin conocerla, no es posible; el cuidado y la responsabilidad serían
ciegos si no los guiara el conocimiento. El conocimiento sería vacío si no lo motivara la
preocupación. Hay muchos niveles de conocimiento; el que constituye un aspecto del amor no se
detiene en la periferia, sino que penetra hasta el meollo. Sólo es posible cuando puedo
trascender la preocupación por mí mismo y ver a la otra persona en sus propios términos. Puedo
saber, por ejemplo, que una persona está encolerizada, aunque no lo demuestre abiertamente;
pero puedo llegar a conocerla más profundamente aún; sé entonces que está angustiada, e
inquieta; que se siente sola, que se siente culpable. Sé entonces que su cólera no es más que la
manifestación de algo más profundo, y la veo angustiada e inquieta, es decir, como una persona
que sufre y no como una persona enojada.
Pero el conocimiento tiene otra relación, más fundamental, con el problema del amor. La
necesidad básica de fundirse con otra persona para trascender de ese modo la prisión de la
propia separatidad se vincula, de modo íntimo, con otro deseo específicamente humano, el de
conocer el «secreto del hombre». Si bien la vida en sus aspectos meramente biológicos es un
milagro y un secreto, el hombre, en sus aspectos humanos, es un impenetrable secreto para sí
mismo -y para sus semejantes-. Nos conocemos y, a pesar de todos los esfuerzos que podamos
realizar, no nos conocemos. Conocemos a nuestros semejantes y, sin embargo, no los
conocemos, porque no somos una cosa, y tampoco lo son nuestros semejantes. Cuanto más
avanzamos hacia las profundidades de nuestro ser, o el ser de los otros, más nos elude la meta
del conocimiento. Sin embargo, no podemos dejar de sentir el deseo de penetrar en el secreto
del alma humana, en el núcleo más profundo que es «él».
Hay una manera, una manera desesperada, de conocer el secreto: es el poder absoluto sobre
otra persona; el poder que le hace hacer lo que queremos, sentir lo que queremos, pensar lo que
queremos; que la transforma en una cosa, nuestra cosa, nuestra posesión. El grado más intenso
de ese intento de conocer consiste en los extremos del sadismo, el deseo y la habilidad de hacer
sufrir a un ser humano, de torturarlo, de obligarlo a traicionar su secreto en su sufrimiento. En
ese anhelo de penetrar en el secreto del hombre, y por lo tanto, en el nuestro, reside una
motivación esencial de la profundidad y la intensidad de la crueldad y la destructividad. Isaac
Babel ha expresado tal idea en una forma muy sucinta. Recuerda a un oficial compañero suyo en
la guerra civil rusa, quien acababa de matar a puntapiés a su ex amo: «Con un disparo -digamos
así-, con un disparo, uno sólo, se libra uno de un tipo... Con un disparo nunca se llega al alma, a
dónde está en el tipo y cómo se presenta. Pero yo no ahorro fuerzas, y más de una vez he pisoteado
a un tipo durante más de una hora. Sabes, quiero llegar a saber qué es realmente la vida,
cómo es la vida» (I. Babel, The Collected Stories, Nueva York, Criterion Book, 1955)
Es frecuente que los niños tomen abiertamente ese camino hacia el conocimiento. El niño
desarma algo, lo deshace para conocerlo; o destroza un animal; cruelmente arranca las alas de
una mariposa para conocerla, para obligarla a revelar su secreto. La crueldad misma está
motivada por algo más profundo: el deseo de conocer el secreto de las cosas y de la vida.
Otro camino para conocer «el secreto» es el amor. El amor es la penetración activa en la otra
persona, en la que la unión satisface mi deseo de conocer. En el acto de fusión, te conozco,
me conozco a mí mismo, conozco a todos -y no «conozco» nada-. Conozco de la única manera
en que el conocimiento de lo que está vivo le es posible al hombre -por la experiencia de la
unión- no mediante algún conocimiento proporcionado por nuestro pensamiento. El sadismo está
motivado por el deseo de conocer el secreto, y, sin embargo, permanezco tan ignorante como
antes. He destrozado completamente al otro ser, y, sin embargo, no he hecho más que separarlo
en pedazos. El amor es la única forma de conocimiento, que, en el acto de unión, satisface mi
búsqueda. En el acto de amar, de entregarse, en el acto de penetrar en la otra persona, me
encuentro a mí mismo, me descubro, nos descubro a ambos, descubro al hombre. El anhelo de
conocernos a nosotros mismos y de conocer a nuestros semejantes fue expresado en el lema
délfico: «Conócete a ti mismo.» Tal es la fuente primordial de toda psicología. Pero puesto que
deseamos conocer todo el hombre, su más profundo secreto, el conocimiento corriente, el que
procede sólo del pensamiento, nunca puede satisfacer dicho deseo. Aunque llegáramos a
conocernos muchísimo más, nunca alcanzaríamos el fondo. Seguiríamos siendo un enigma para
nosotros mismos, y nuestros semejantes seguirían siéndolo para nosotros. La única forma de
alcanzar el conocimiento total consiste en el acto de amar: ese acto trasciende el pensamiento,
trasciende las palabras. Es una zambullida temeraria en la experiencia de la unión. Sin embargo,
el conocimiento del pensamiento, es decir, el conocimiento psicológico, es una condición
necesaria para el pleno conocimiento en el acto de amar Tengo que conocer a la otra persona y
a mí mismo objetiva mente, para poder ver su realidad, o, más bien, para dejar de lado las
ilusiones, mi imagen irracionalmente deformada de ella. Sólo conociendo objetivamente a un ser
humano, puedo conocerlo en su esencia última, en el acto de amar (Esa afirmación tiene una
consecuencia importante para el papel de la psicología en la cultura occidental contemporánea.
Si bien la gran popularidad de la psicología indica ciertamente interés en el conocimiento del
hombre, también descubre la fundamental falta de amor en las relaciones humanas actuales. El
conocimiento psicológico conviértese así en un sustituto del conocimiento pleno del acto de
amar, en lugar de ser un paso hacia él. ).
El problema de conocer al hombre es paralelo al problema religioso de conocer a Dios. En la
teología occidental convencional se intenta conocer a Dios por medio del pensamiento, de
afirmaciones acerca de Dios. Se supone que puedo conocer a Dios en mi pensamiento. En el
misticismo, que es el resultado del monoteísmo (como trataré de demostrar más adelante), se
renuncia al intento de conocer a Dios por medio del pensamiento, y se lo reemplaza por la
experiencia de la unión con Dios, en la que ya no hay lugar para el conocimiento acerca de Dios,
ni tal conocimiento es necesario.
La experiencia de la unión, con el hombre, o, desde un punto de vista religioso, con Dios, no es
en modo alguno irracional. Por el contrario, y como lo señaló Albert Schweitzer, es la
consecuencia del racionalismo, su consecuencia más audaz y radical. Se basa en nuestro
conocimiento de las limitaciones fundamentales, y no accidentales, de nuestro conocimiento. Es
el conocimiento de que nunca «captaremos» el secreto del hombre y del universo, pero que
podemos conocerlos, sin embargo, en el acto de amar. La psicología como ciencia tiene
limitaciones, y así como la consecuencia lógica de la teología es el misticismo, así la
consecuencia última de la psicología es el amor.
Cuidado, responsabilidad, respeto y conocimiento son mutuamente interdependientes.
Constituyen un síndrome de actitudes que se encuentran en la persona madura; esto es, en la
persona que desarrolla productivamente sus propios poderes, que sólo desea poseer los que ha
ganado con su trabajo, que ha renunciado a los sueños narcisistas de omnisapiencia y omnipotencia,
que ha adquirido humildad basada en esa fuerza interior que sólo la genuina actividad
productiva puede proporcionar.
Hasta ahora he hablado sobre el amor como forma de superar la separatidad humana, como la
realización del anhelo de unión. Pero por encima de la necesidad universal, existencial, de unión,
surge otra más específica y de orden biológico: el deseo de unión entre los polos masculino y
femenino. La idea de tal polarización está notablemente expresada en el mito de que,
originariamente, el hombre y la mujer fueron uno, que los dividieron por la mitad y que, desde
entonces, cada hombre busca la parte femenina de sí mismo que ha perdido, para unirse nuevamente
con ella. (La misma idea de la unidad original de los sexos aparece también en la Biblia,
donde Eva es hecha de una costilla de Adán, si bien en ese relato, concebido en el espíritu del
patriarcalismo, la mujer se considera secundaria al hombre.) El significado del mito es bastante
claro. La polarización sexual lleva al hombre a buscar la unión con el otro sexo. La polaridad
entre los principios masculino y femenino existe también dentro de cada hombre y cada mujer.
Así como fisiológicamente tanto el hombre como la mujer poseen hormonas del sexo opuesto,
así también en el sentido psicológico son bisexuales. Llevan en si mismos el principio de recibir y
de penetrar, de la materia y del espíritu. El hombre -y la mujer- sólo logra la unión interior en la
unión con su polaridad femenina o masculina. Esa polaridad es la base de toda creatividad.
La polaridad masculino-femenina es también la base de la creatividad interpersonal. Ello se
evidencia biológicamente en el hecho de que la unión del esperma y el óvulo constituyen la base
para el nacimiento de un niño. Y la situación es la misma en el dominio puramente psíquico; en
el amor entre hombre y mujer, cada uno vuelve a nacer. (La desviación homosexual es un
fracaso en el logro de esa unión polarizada, y por eso el homosexual sufre el dolor de la
separatidad nunca resuelta, fracaso que comparte, sin embargo, con el heterosexual corriente
que no puede amar.)
Idéntica polaridad entre el principio masculino y el femenino existe en la naturaleza; no sólo,
como es notorio, en los animales y las plantas, sino en la polaridad de dos funciones
fundamentales, la de recibir y la de penetrar. Es la polaridad de la tierra y la lluvia, del río y el
océano, de la noche y el día, de la oscuridad y la luz, de la materia y el espíritu. El gran poeta y
místico musulmán, Rumi, expresó esta idea con hermosas frases:
Nunca el amante busca sin ser buscado por su amada.
Si la luz del amor ha penetrado en este corazón, sabe que también hay amor en aquel corazón.
Cuando el amor a Dios agita tu corazón, también Dios tiene amor para ti.
Sin la otra mano, ningún ruido de palmoteo sale de una mano.
La sabiduría Divina es destino y su decreto nos hace amarnos el uno al otro.
Por eso está ordenado que cada parte del mundo se una con su consorte.
El sabio dice: Cielo es hombre, y Tierra, mujer. Cuando la Tierra no tiene calor, el Cielo se lo
manda; cuando pierde su frescor y su rocío, el Cielo se lo devuelve. El Cielo hace su ronda,
como un marido que trabaja por su mujer.
Y la Tierra se ocupa del gobierno de su casa: cuida de los nacimientos y amamanta lo que pare.
Mira a la Tierra y al Cielo, tienen inteligencia, pues hacen el trabajo de seres inteligentes.
Si esos dos no gustaran placer el uno del otro, ¿por qué habrían de andar juntos como novios?
Sin la Tierra, ¿despuntarían las flores, echarían flores los árboles? ¿Qué, entonces, producirían
el calor y el agua del Cielo?
Así como Dios puso el deseo en el hombre y en la mujer para que el mundo fuera preservado por
su unión.
Así en cada parte de la existencia planteó el deseo de la otra parte.
Día y noche son enemigos afuera; pero sirven ambos un único fin.
Cada uno ama al otro en aras de la perfección de su mutuo trabajo.
Sin la noche, la naturaleza del. Hombre no recibiría ganancia alguna, y nada tendría entonces el
día para gastar.
( R. A. Nicholson, Rumi, Londres, George Allen and Unwin, Lid., 1950, págs. 122-3.)
El problema de la polaridad hombre-mujer lleva a ciertas consideraciones ulteriores sobre la
cuestión del amor y el sexo.
Hablé antes del error que cometió Freud al ver en el amor exclusivamente la expresión -o una
sublimación- del instinto sexual, en lugar de reconocer que el deseo sexual es una manifestación
de la necesidad de amor y de unión. Pero el error de Freud es más hondo todavía. De acuerdo
con su materialismo fisiológico, ve en el instinto sexual el resultado de una tensión químicamente
producida en el cuerpo, que es dolorosa y busca alivio. La finalidad del deseo sexual es la
eliminación de esa tensión; la satisfacción sexual consiste en tal eliminación. Este punto de vista
es válido en la medida en que el deseo sexual opera en la misma forma que el hambre o la sed
cuando el organismo se encuentra desnutrido. En tal sentido, el deseo sexual es una comezón, y
la satisfacción sexual, el alivio de esa comezón. En realidad, en lo que al concepto de sexualidad
se refiere, la masturbación sería la satisfacción sexual ideal. Lo que Freud paradójicamente no
tiene en cuenta es el aspecto psicobiológico de la sexualidad, la polaridad masculino-femenina, y
el deseo de resolver la polaridad por medio de la unión. Ese curioso error probablemente vióse
facilitado por el extremo patriarcalismo de Freud, que lo llevó a suponer que la sexualidad per se
es masculina, y le hizo ignorar la sexualidad femenina específica. Expresó tal idea en Una teoría
sexual, diciendo que la libido posee regularmente «una naturaleza masculina», se trate de la
libido de un hombre o de una mujer. La misma idea se expresa, en una forma racionalizada, en
la teoría de que el niño experimenta a la mujer como un hombre castrado, y de que ella misma
busca diversas compensaciones a la pérdida del genital masculino. Pero la mujer no es un
hombre castrado, y su sexualidad es específicamente femenina y no de «naturaleza masculina».
La necesidad de aliviar la tensión sólo motiva parcialmente la atracción entre los sexos; la
motivación fundamental es la necesidad de unión con el otro polo sexual. De hecho, la atracción
erótica no se expresa únicamente en la atracción sexual. Hay masculinidad y feminidad en el
carácter tanto como en la función sexual. Puede definirse el carácter masculino diciendo que
posee las cualidades de penetración, conducción, actividad, disciplina y aventura; el carácter
femenino, las cualidades de receptividad productiva, protección, realismo, resistencia,
maternalidad. (Siempre debe tenerse presente que en cada individuo se funden ambas
características, pero con predominio de las correspondientes a su sexo.) Si los rasgos
masculinos del carácter de un hombre están debilitados porque emocionalmente sigue siendo
una criatura, es muy frecuente que trate de compensar esa falta acentuando exclusivamente su
papel masculino en el sexo. El resultado es el Don Juan, que necesita demostrar sus proezas
masculinas en el terreno sexual, porque está inseguro de su masculinidad en un sentido
caracterológico. Cuando la parálisis de la masculinidad es más intensa, el sadismo (el uso de la
fuerza) se convierte en el principal -y perverso- sustituto de la masculinidad. Si la sexualidad
femenina está debilitada o pervertida, se transforma en masoquismo o posesividad.
Se ha criticado a Freud por su sobrevaloración de lo sexual. Tales críticas estuvieron
frecuentemente motivadas por el deseo de eliminar del sistema freudiano un elemento que despertó
la hostilidad y la crítica de la gente de mentalidad convencional. Freud percibió
agudamente esa motivación y, por eso mismo, luchó contra todo intento de modificar su teoría
sexual. Es indudable que en su época la teoría freudiana tenía un carácter desafiante y
revolucionario. Pero lo que era cierto alrededor de 1900 ya no lo es cincuenta años más tarde.
Las costumbres sexuales han cambiado tanto que las teorías de Freud ya no le resultan
escandalosas a la clase media occidental, y los analistas ortodoxos actuales practican una forma
quijotesca de radicalismo cuando creen que son los valerosos y extremistas defensores de la
teoría sexual de Freud. En realidad, su tipo de psicoanálisis es conformista, y no trata de plantear
problemas psicológicos que lleven a una crítica de la sociedad contemporánea.
No critico la teoría freudiana por acentuar excesivamente la sexualidad, sino por su fracaso en
comprenderla con profundidad. Freud dio el primer paso hacia el descubrimiento de la
significación de las pasiones interpersonales; de acuerdo con sus premisas filosóficas, las
explicó fisiológicamente. En el desarrollo ulterior del psicoanálisis, es necesario corregir y profundizar el concepto freudiano, trasladando las concepciones de Freud de la dimensión
fisiológica a la biológica y existencial. (El mismo Freud dio un primer paso en esa dirección en su
posterior concepto de los instintos de vida y de muerte. Su concepto del instinto de vida (eros)
como principio de síntesis y de unificación, se encuentra en un plano enteramente distinto al de
su concepto de la libido. Pero a pesar de que la teoría de los instintos de vida y de muerte fue
aceptada por los analistas ortodoxos, ello no llevó a una revisión fundamental del concepto de
libido, especialmente en lo que toca a la labor clínica. )
2. EL AMOR ENTRE PADRES E HIJOS
Al nacer, el infante sentiría miedo de morir si un gracioso destino no lo protegiera de cualquier
conciencia de la angustia implícita en la separación de la madre y de la existencia intrauterina.
Aun después de nacer, el infante es apenas diferente de lo que era antes del nacimiento; no
puede reconocer objetos, no tiene aún conciencia de sí mismo, ni del mundo como algo exterior
a él. Sólo siente la estimulación positiva del calor y el alimento, y todavía no los distingue de su
fuente: la madre. La madre es calor, es alimento, la madre es el estado eufórico de satisfacción y
seguridad. Ese estado es narcisista, para usar un término de Freud. La realidad exterior, las
personas y las cosas, tienen sentido sólo en la medida en que satisfacen o frustran el estado
interno del cuerpo. Sólo es real lo que está adentro; lo exterior sólo es real en función de mis
necesidades -nunca en función de sus propias cualidades o necesidades-. Cuando el niño crece
y se desarrolla, se vuelve capaz de percibir las cosas como son; la satisfacción de ser
alimentado se distingue del pezón, el pecho de la madre. Eventualmente, el niño experimenta su
sed, la leche que le satisface, el pecho y la madre, como entidades diferentes. Aprende a percibir
muchas otras cosas como diferentes, como poseedoras de una existencia propia: En ese
momento empieza a darles nombres. Al mismo tiempo aprende a manejarlas; aprende que el
fuego es caliente y doloroso, que el cuerpo de la madre es tibio y placentero, que la mamadera
es dura y pesada, que el papel es liviano y se puede rasgar. Aprende a manejar a la gente; que
la mamá sonríe cuando él come; que lo alza en sus brazos cuando llora; que lo alaba cuando
mueve el vientre. Todas esas experiencias se cristalizan o integran en la experiencia: me aman.
Me aman porque soy el hijo de mi madre. Me aman porque estoy desvalido. Me aman porque
soy hermoso, admirable. Me aman porque mi madre me necesita. Para utilizar una fórmula más
general: me aman por lo que soy, o quizá más exactamente, me aman porque soy. Tal
experiencia de ser amado por la madre es pasiva. No tengo que hacer nada para que me quieran
-el amor de la madre es incondicional-. Todo lo que necesito es ser -ser su hijo-. El amor de la
madre significa dicha, paz, no hace falta conseguirlo, ni merecerlo. Pero la cualidad incondicional
del amor materno tiene también un aspecto negativo. No sólo es necesario merecerlo, mas
también es imposible conseguirlo, producirlo, controlarlo. Si existe, es como una bendición; si no
existe, es como si toda la belleza hubiera desaparecido de la vida -y nada puedo hacer para
crearla-.
Para la mayoría de los niños entre los ocho y medio a los diez años (Cf. la descripción que de
ese desarrollo hace Sullivan en The Interpersonal Theory of Psychiatry, Nueva York, W. W.
Norton and Co., 1953.), el problema consiste casi exclusivamente en ser amado -en ser amado
por lo que se es-. Antes de esa edad, el niño aún no ama; responde con gratitud y alegría al
amor que se le brinda. A esa altura del desarrollo infantil, aparece en el cuadro un nuevo factor:
un nuevo sentimiento de producir amor por medio de la propia actividad. Por primera vez, el niño
piensa en dar algo a sus padres, en producir algo -un poema, un dibujo, o lo que fuere-. Por
primera vez en la vida del niño, la idea del amor se transforma de ser amado a amar, en crear
amor. Muchos años transcurren desde ese primer comienzo hasta la madurez del amor.
Eventualmente, el niño, que puede ser ahora un adolescente, ha superado su egocentrismo; la
otra persona ya no es primariamente un medio para satisfacer sus propias necesidades. Las
necesidades de la otra persona son tan importantes como las propias; en realidad, se han vuelto
más importantes. Dar es más satisfactorio, más dichoso que recibir; amar, aún más importante
que ser amado. Al amar, ha abandonado la prisión de soledad y aislamiento que representaba el
estado de narcisismo y autocentrismo. Siente una nueva sensación de unión, de compartir, de
unidad. Más aún, siente la potencia de producir amor -antes que la dependencia de recibir
siendo amado- para lo cual debe ser pequeño, indefenso, enfermo -o «bueno»-. El amor infantil
sigue el principio: «Amo porque me aman.» El amor maduro obedece al principio: «Me aman
porque amo.» El amor inmaduro dice: «Te amo porque te necesito.» El amor maduro dice: «Te
necesito porque te amo.»
En estrecha relación con el desarrollo de la capacidad de amar está la evolución del objeto
amoroso. En los primeros meses y años de la vida, la relación más estrecha del niño es la que
tiene con la madre. Esa relación comienza antes del nacimiento, cuando madre e hijo son aún
uno, aunque sean dos. El nacimiento modifica la situación en algunos aspectos, pero no tanto
como parecería. El niño, si bien vive ahora fuera del vientre materno, todavía depende por
completo de la madre. Pero día a día se hace más independiente: aprende a caminar, a hablar, a
explorar el mundo por su cuenta; la relación con la madre pierde algo de su significación vital; en
cambio, la relación con el padre se torna cada vez más importante.
Para comprender ese paso de la madre al padre, debemos considerar las esenciales diferencias
cualitativas entre el amor materno y el paterno. Hemos hablado ya acerca del amor materno. Ese
es, por su misma naturaleza, incondicional. La madre ama al recién nacido porque es su hijo, no
porque el niño satisfaga alguna condición específica ni porque llene sus aspiraciones
particulares. (Naturalmente, cuando hablo del amor de la madre y del padre, me refiero a «tipos
ideales» -en el sentido de Max Weber o en el del arquetipo de Jung- y no significo que todos los
padres amen en esa forma. Me refiero al principio materno y al paterno, representados en la
persona materna y paterna.) El amor incondicional corresponde a uno de los anhelos más
profundos, no sólo del niño, sino de todo ser humano; por otra parte, que nos amen por los
propios méritos, porque uno se lo merece, siempre crea dudas; quizá no complací a la persona
que quiero que me ame, quizás eso, quizás aquello -siempre existe el temor de que el amor
desaparezca-. Además, el amor «merecido» siempre deja un amargo sentimiento de no ser
amado por uno mismo, de que sólo se nos ama cuando somos complacientes, de que, en último
análisis, no se nos ama, sino que se nos usa. No es extraño, entonces, que todos nos aferremos
al anhelo de amor materno, cuando niños y también cuando adultos. La mayoría de los niños
tienen la suerte de recibir amor materno (más adelante veremos en qué medida). Cuando
adultos, el mismo anhelo es más difícil de satisfacer. En el desarrollo-más satisfactorio, permanece
como un componente del amor erótico normal; muchas veces encuentra su expresión en
formas religiosas, pero con mayor frecuencia en formas neuróticas.
La relación con el padre es enteramente distinta. La madre es el hogar de donde venimos, la
naturaleza, el suelo, el océano; el padre no representa un hogar natural de ese tipo. Tiene
escasa relación con el niño durante los primeros años de su vida, y su importancia para éste no
puede compararse a la de la madre en ese primer período. Pero, si bien el padre no representa
el mundo natural, significa el otro polo de la existencia humana; el mundo del pensamiento, de
las cosas hechas por el hombre, de la ley y el orden, de la disciplina, los viajes y la aventura. El
padre es el que enseña al niño, el que le muestra el camino hacia el mundo.
En estrecha conexión con esa función, existe otra, vinculada al desarrollo económico-social.
Cuando surgió la propiedad privada, y cuando uno de los hijos pudo heredar la propiedad
privada, el padre comenzó a seleccionar al hijo a quien legaría su propiedad. Desde luego,
elegía al que consideraba mejor dotado para convertirse en su sucesor, el hijo que más se le
asemejaba y, en consecuencia, el que prefería. El amor paterno es condicional. Su principio es
«te amo porque llenas mis aspiraciones, porque cumples con tu deber, porque eres como yo».
En el amor condicional del padre encontramos, como en el caso del amor incondicional de la
madre, un aspecto negativo y uno positivo. El aspecto negativo consiste en el hecho mismo de
que el amor paterno debe ganarse, de que puede perderse si uno no hace lo que de uno se
espera. A la naturaleza del amor paterno débese el hecho de que la obediencia constituya la
principal virtud, la desobediencia el principal pecado, cuyo castigo es la pérdida del amor del
padre. El aspecto positivo es igualmente importante. Puesto que el amor de mi padre es condicional,
es posible hacer algo por conseguirlo; su amor no está fuera de mi control, como ocurre
con el de mi madre.
Las actitudes del padre y de la madre hacia el niño corresponden a las propias necesidades de
ése. El infante necesita el amor incondicional y el cuidado de la madre, tanto fisiológica como
psíquicamente. Después de los seis años, el niño comienza a necesitar el amor del padre, su
autoridad y su guía. La función de la madre es darle seguridad en la vida; la del padre,
enseñarle, guiarlo en la solución de los problemas que le plantea la sociedad particular en la que
ha nacido. En el caso ideal, el amor de la madre no trata de impedir que el niño crezca, no
intenta hacer una virtud de la desvalidez. La madre debe tener fe en la vida, y, por ende, no ser
exageradamente ansiosa y no contagiar al niño su ansiedad. Querer que el niño se torne
independiente y llegue a separarse de ella debe ser parte de su vida. El amor paterno debe
regirse por principios y expectaciones; debe ser paciente y tolerante, no amenazador y
autoritario. Debe darle al niño que crece un sentido cada vez mayor de la competencia, y
oportunamente permitirle ser su propia autoridad y dejar de lado la del padre.
Eventualmente, la persona madura llega a la etapa en que es su propio padre y su propia madre.
Tiene, por así decirlo, una conciencia materna y paterna. La conciencia materna dice: «No hay
ningún delito, ningún crimen, que pueda privarte de mi amor, de mi deseo de que vivas y seas
feliz.» La conciencia paterna dice: «Obraste mal, no puedes dejar de aceptar las consecuencias
de tu mala acción, y, especialmente, debes cambiar si quieres que te aprecie.» La persona
madura se ha liberado de las figuras exteriores de la madre y el padre, y las ha erigido en su
interior. Sin embargo, y en contraste con el concepto freudiano del superyó, las ha construido en
su interior sin incorporar al padre y a la madre, sino elaborando una conciencia materna sobre su
propia capacidad de amar, y una conciencia paterna fundada en su razón y su discernimiento.
Además, la persona madura ama tanto con la conciencia materna como con la paterna, a pesar
de que ambas parecen contradecirse mutuamente. Si un individuo conservara sólo la conciencia
paterna, se tornaría áspero e inhumano. Si retuviera únicamente la conciencia materna, podría
perder su criterio y obstaculizar su propio desarrollo o el de los demás.
En esa evolución de la relación centrada en la madre a la centrada en el padre, y su eventual
síntesis, se encuentra la base de la salud mental y el logro de la madurez. El fracaso de dicho
desarrollo constituye la causa básica de la neurosis. Si bien está más allá de los propósitos de
este libro examinar más profundamente este punto, algunas breves observaciones servirán para
aclarar esa afirmación.
Una de las causas del desarrollo neurótico puede radicar en que el niño tiene una madre
amante, pero demasiado indulgente o dominadora, y un padre débil e indiferente. En tal caso,
puede permanecer fijado a una temprana relación con la madre, y convertirse en un individuo
dependiente de la madre, que se siente desamparado, posee los impulsos característicos de la
persona receptiva, es decir, de recibir, de ser protegido y cuidado, y que carece de las
cualidades paternas -disciplina, independencia, habilidad de dominar la vida por sí mismo-. Puede
tratar de encontrar «madres» en todo el mundo, a veces en las mujeres y a veces en los
hombres que ocupan una posición de autoridad y poder. Si, por el contrario, la madre es fría, indiferente
y dominadora, puede transferir la necesidad de protección materna al padre y a
subsiguientes figuras paternas, en cuyo caso el resultado final es similar al caso anterior, o se
convierte en una persona de orientación unilateralmente paterna, enteramente entregado a los
principios de la ley, el orden y la autoridad, y carente de la capacidad de esperar o recibir amor
incondicional. Ese desarrollo se ve intensificado si el padre es autoritario y, al mismo tiempo,
muy apegado al hijo. Lo característico de todos esos desarrollos neuróticos es el hecho de que
un principio, el paterno o el materno, no alcanza a desarrollarse, o bien -como ocurre en muchas
neurosis serias que los papeles de la madre y el padre se tornan confusos tanto en lo relativo a
las personas exteriores como a dichos papeles dentro de la persona. Un examen más profundo
puede mostrar que ciertos tipos de neurosis, las obsesivas, por ejemplo, se desarrollan
especialmente sobre la base de un apego unilateral al padre, mientras que otras, como la
histeria, el alcoholismo, la incapacidad de autoafirmarse y de enfrentar la vida en forma realista,
y las depresiones, son el resultado de una relación centrada en la madre.
3. LOS OBJETOS AMOROSOS
El amor no es esencialmente una relación con una persona específica; es una actitud, una
orientación del carácter que determina el tipo de relación de una persona con el mundo como
totalidad, no con un «objeto» amoroso. Si una persona ama sólo a otra y es indiferente al resto
de sus semejantes, su amor no es amor, sino una relación simbiótica, o un egotismo ampliado.
Sin embargo, la mayoría de la gente supone que el amor está constituido por el objeto, no por la
facultad. En realidad, llegan a creer que el hecho de que no amen sino a una determinada
persona prueba la intensidad de su amor. Trátase aquí de la misma falacia que mencionamos
antes. Como no comprenden que el amor es una actividad, un poder del alma, creen que lo único
necesario es encontrar un objeto adecuado -y que después todo viene solo-. Puede compararse
esa actitud con la de un hombre que quiere pintar, pero que en lugar de aprender el arte sostiene
que debe esperar el objeto adecuado, y que pintará maravillosamente bien cuando lo encuentre.
Si amo realmente a una persona, amo a todas las personas, amo al mundo, amo la vida. Si
puedo decirle a alguien «Te amo», debo poder decir «Amo a todos en ti, a través de ti amo al
mundo, en ti me amo también a mí mismo».
Decir que el amor es una orientación que se refiere a todos y no a uno no implica, empero, la
idea de que no hay diferencias entre los diversos tipos de amor, que dependen de la clase de
objeto que se ama.
a. Amor fraternal.
La clase más fundamental de amor, básica en todos los tipos de amor, es el amor fraternal. Por
él se entiende el sentido de responsabilidad, cuidado, respeto y conocimiento con respecto a
cualquier otro ser humano, el deseo de promover su vida. A esta clase de amor se refiere la
Biblia cuando dice: ama a tu prójimo como a ti mismo. El amor fraternal es el amor a todos los
seres humanos; se caracteriza por su falta de exclusividad. Si he desarrollado la capacidad de
amar, no puedo dejar de amar a mis hermanos. En el amor fraternal se realiza la experiencia de
unión con todos los hombres, de solidaridad humana, de reparación humana. El amor fraternal
se basa en la experiencia de que todos somos uno. Las diferencias en talento, inteligencia,
conocimiento, son despreciables en comparación con la identidad de la esencia humana común
a todos los hombres. Para experimentar dicha identidad es necesario penetrar desde la periferia
hacia el núcleo. Si percibo en otra persona nada más que lo superficial, percibo principalmente
las diferencias, lo que nos separa. Si penetro hasta el núcleo, percibo nuestra identidad, el hecho
de nuestra hermandad. Esta relación de centro a centro -en lugar de la de periferia a periferia- es
una «relación central». O, como lo expresó bellamente Simone Weil: «Las mismas palabras [por
ejemplo, un hombre dice a su mujer, `te amo'] pueden ser triviales o extraordinarias según la
forma en que se digan. Y esa forma depende de la profundidad de la región en el ser de un
hombre de donde procedan, sin que la voluntad pueda hacer nada. Y, por un maravilloso
acuerdo, alcanzan la misma región en quien las escucha. De tal modo, el que escucha puede
discernir, si tiene alguna capacidad de discernimiento, cuál es el valor de las palabras» ( Simone
Weil, Gravity and Grace, Nueva York, G. P. Putnam's Sons, 1952, pág. 117.)
El amor fraternal es amor entre iguales: pero, sin duda, aun como iguales no somos siempre
«iguales»; en la medida en que somos humanos, todos necesitamos ayuda. Hoy yo, mañana tú.
Esa necesidad de ayuda, empero, no significa que uno sea desvalido y el otro poderoso. La
desvalidez es una condición transitoria; la capacidad de pararse y caminar sobre los propios pies
es común y permanente.
Sin embargo, el amor al desvalido, al pobre y al desconocido, son el comienzo del amor fraternal.
Amar a los de nuestra propia carne y sangre no es hazaña alguna. Los animales aman a sus
vástagos y los protegen. El desvalido ama a su dueño, puesto que su vida depende de él; el niño
ama a sus padres, pues los necesita. El amor sólo comienza a desarrollarse cuando amamos a
quienes no necesitamos para nuestros fines personales. En forma harto significativa, en el
Antiguo Testamento, el objeto central del amor del hombre es el pobre, el extranjero, la viuda y el
huérfano, y, eventualmente, el enemigo nacional, el egipcio y el edomita. Al tener compasión del
desvalido el hombre comienza a desarrollar amor a su hermano; y al amarse a sí mismo, ama
también al que necesita ayuda, al frágil e inseguro ser humano. La compasión implica el elemento
de conocimiento e identificación. «Tú conoces el corazón del extranjero», dice el Antiguo
Testamento, «puesto que fuiste extranjero en la tierra de Egipto... ¡por lo tanto, ama al
extranjero» ( La misma idea ha sido expresada por Hermann Cohen en su Religion der Vernunft
aus den Quellen des Judentums, Frankfurt am Main, J. Kaufmann Verlag, 1929, págs. 168 y
sig.).
b. Amor materno.

Nos hemos referido ya a la naturaleza del amor materno en un capítulo anterior, al hablar de la
diferencia entre el amor materno y el paterno. El amor materno, como dije entonces, es una
afirmación incondicional de la vida del niño y sus necesidades. Pero debo hacer aquí una
importante adición a tal descripción. La afirmación de la vida del niño presenta dos aspectos: uno
es el cuidado y la responsabilidad absolutamente necesarios para la conservación de la vida del
niño y su crecimiento. El otro aspecto va más allá de la mera conservación. Es la actitud que
inculca en el niño el amor a la vida, que crea en él el sentimiento: ¡es bueno estar vivo, es bueno
ser una criatura, es bueno estar sobre esta tierra! Esos dos aspectos del amor materno se
expresan muy sucintamente en el relato bíblico de la creación. Dios crea el mundo y el hombre.
Esto corresponde al simple cuidado y afirmación de la existencia. Pero Dios va más allá de ese
requerimiento mínimo. Cada día posterior a la creación de la naturaleza -y del hombre- «Dios vio
que era bueno». El amor materno, en su segunda etapa, hace sentir al niño: es una suerte haber
nacido; inculca en el niño el amor a la vida, y no sólo el deseo de conservarse vivo. La misma
idea se expresa en otro simbolismo bíblico. La tierra prometida (la tierra es siempre un símbolo
materno) se describe como «plena de leche y miel». La leche es el símbolo del primer aspecto
del amor, el de cuidado y afirmación. La miel simboliza la dulzura de la vida, el amor por ella y la
felicidad de estar vivo. La mayoría de las madres son capaces de dar «leche», pero sólo unas
pocas pueden dar «miel» también. Para estar en condiciones de dar miel, una madre debe ser
no sólo una «buena madre», sino una persona feliz -y no son muchas las que logran alcanzar
esa meta-. No hay peligro de exagerar el efecto sobre el niño. El amor de la madre a la vida es
tan contagioso como su ansiedad. Ambas actitudes ejercen un profundo efecto sobre la
personalidad total del niño; indudablemente, es posible distinguir, entre los niños -y los adultoslos
que sólo recibieron «leche» y los que recibieron «leche y miel».
En contraste con el amor fraternal y el erótico, que se dan entre iguales, la relación entre madre
e hijo es, por su misma naturaleza, de desigualdad, en la que uno necesita toda la ayuda y la
otra la proporciona. Y es precisamente por su carácter altruista y generoso que el amor materno
ha sido considerado la forma más elevada de amor, y el más sagrado de todos los vínculos
emocionales. Parece, sin embargo, que la verdadera realización del amor materno no está en el
amor de la madre al pequeño bebé, sino en su amor por el niño que crece. En realidad, la vasta
mayoría de las madres ama a sus hijos mientras éstos son pequeños y dependen por completo
de ellas.
La mayoría de las mujeres desea tener hijos, son felices con el recién nacido y vehementes en
sus cuidados. Ello ocurre a pesar del hecho de que no «obtienen» nada del niño a cambio, excepto
una sonrisa o una expresión de satisfacción en su rostro. Se supone que esa actitud de
amor está parcialmente arraigada en un equipo instintivo que se encuentra tanto en los animales
como en la mujer. Pero cualquiera sea la gravitación de ese factor, también existen factores
psicológicos específicamente humanos que determinan este tipo de amor maternal. Cabe encontrar
uno de ellos en el elemento narcisista del amor materno. En la medida en que sigue
sintiendo al niño como una parte suya, el amor y la infatuación pueden satisfacer su narcisismo.
Otra motivación radica en el deseo de poder o de posesión de la madre. El niño, desvalido y
sometido por entero a su voluntad, constituye un objeto natural de satisfacción para una mujer
dominante y posesiva.
Si bien aparecen con frecuencia, tales motivaciones no son probablemente tan importantes y
universales como la que podemos llamar necesidad de trascendencia. Tal necesidad de
trascendencia es una de las necesidades básicas del hombre, arraigada en el hecho de su
autoconciencia, en el hecho de que no está satisfecho con el papel de la criatura, de que no
puede aceptarse a sí mismo como un dado arrojado fuera del cubilete. Necesita sentirse creador,
ser alguien que trasciende el papel pasivo de ser creado. Hay muchas formas de alcanzar esa
satisfacción en la creación; la más natural, y también la más fácil de lograr, es el amor y el
cuidado de la madre por su creación. Ella se trasciende en el niño; su amor por él da sentido y
significación a su vida. (En la incapacidad misma del varón para satisfacer su necesidad de
trascendencia concibiendo hijos reside su impulso a trascenderse por medio de la creación de
cosas hechas por el hombre y de ideas.)
Pero el niño debe crecer. Debe emerger del vientre materno, del pecho de la madre;
eventualmente, debe convertirse en un ser humano completamente separado. La esencia misma
del amor materno es cuidar de que el niño crezca, y esto significa desear que el niño se separe
de ella. Ahí radica la diferencia básica con respecto al amor erótico. En este último, dos seres
que estaban separados se convierten en uno solo. En el amor materno, dos seres que estaban
unidos se separan. La madre debe no sólo tolerar, sino también desear y alentar la separación
del niño. Sólo en esa etapa el amor materno se convierte en una tarea sumamente difícil, que
requiere generosidad y capacidad de dar todo sin desear nada salvo la felicidad del ser amado.
También es en esa etapa donde muchas madres fracasan en su tarea de amor materno. La
mujer narcisista, dominadora y posesiva puede llegar a ser una madre «amante» mientras el niño
es pequeño. Sólo la mujer que realmente ama, la mujer que es más feliz dando que tomando,
que está firmemente arraigada en su propia existencia, puede ser una madre amante cuando el
niño está en el proceso de la separación.
El amor maternal por el niño que crece, amor que no desea nada para sí, es quizá la forma de
amor más difícil de lograr, y la más engañosa, a causa de la facilidad con que una madre puede
amar a su pequeño. Pero, precisamente debido a dicha dificultad, una mujer sólo puede ser una
madre verdaderamente amante si puede amar; si puede amar a su esposo, a otros niños, a los
extraños, a todos los seres humanos. La mujer que no es capaz de amar en ese sentido, puede
ser una madre afectuosa mientras su hijo es pequeño, pero no será una madre amante, y la
prueba de ello es la voluntad de aceptar la separación -y aun después de la separación seguir
amando-.
c. Amor erótico.
El amor fraterno es amor entre hermanos; el amor materno es amor por el desvalido. Diferentes
como son entre sí, tienen en común el hecho de que, por su misma naturaleza, no están
restringidos a una sola persona. Si amo a mi hermano, amo a todos mis hermanos; si amo a mi
hijo, amo a todos mis hijos; no, más aún, amo a todos los niños, a todos los que necesitan mi
ayuda. En contraste con ambos tipos de amor está el amor erótico: el anhelo de fusión completa,
de unión con una única otra persona. Por su propia naturaleza, es exclusivo y no universal; es
también, quizá, la forma de amor más engañosa que existe.
En primer lugar, se lo confunde fácilmente con la experiencia explosiva de «enamorarse», el
súbito derrumbe de las barreras que existían hasta ese momento entre dos desconocidos. Pero,
como señalamos antes, tal experiencia de repentina intimidad es, por su misma naturaleza, de
corta duración. Cuando el desconocido se ha convertido en una persona íntimamente conocida,
ya no hay más barreras que superar, ningún súbito acercamiento que lograr. Se llega a conocer
a la persona «amada» tan bien como a uno mismo. O, quizá, sería mejor decir tan poco. Si la
experiencia de la otra persona fuera más profunda, si se pudiera experimentar la infinitud de su
personalidad, nunca nos resultaría tan familiar -y el milagro de salvar las barreras podría
renovarse a diario-. Pero para la mayoría de la gente, su propia persona, tanto como las otras,
resulta rápidamente explorada y agotada. Para ellos, la intimidad se establece principalmente a
través del contacto sexual. Puesto que experimentan la separatidad de la otra persona
fundamentalmente como separatidad física, la unión física significa superar la separatidad.
Existen, además, otros factores que para mucha gente significan una superación de la
separatidad. Hablar de la propia vida, de las esperanzas y angustias, mostrar los propios
aspectos infantiles, establecer un interés común frente al mundo =se consideran formas de
salvar la separatidad-. Aun la exhibición de enojo, odio, de la absoluta falta de inhibición, se
consideran pruebas de intimidad, y ello puede explicar la atracción pervertida que sienten los
integrantes de muchos matrimonios que sólo parecen íntimos cuando están en la cama o cuando
dan rienda suelta a su odio y a su rabia recíprocos. Pero la intimidad de este tipo tiende a
disminuir  cada  vez  m‚s  a  medida  que  transcurre  el  tiempo.  El  resultado  es  que  se  trata  de
encontrar amor en la relaci€n con otra persona, con un nuevo desconocido. Este se transforma
nuevamente en una persona …ƒntima†, la experiencia de enamorarse vuelve a ser estimulante e
intensa,  para  tornarse  otra  vez menos y menos  intensa,  y concluye  en  el  deseo  de  una nueva
conquista,  un  nuevo  amor  -siempre  con  la  ilusi€n  de  que  el  nuevo  amor  ser‚  distinto  de  los
anteriores-.  El  car‚cter  engaˆoso  del  deseo  sexual  contribuye  al  mantenimiento  de  tales
ilusiones.
El deseo sexual tiende a la fusi€n -y no es en modo alguno s€lo un apetito fƒsico, el alivio de una
tensi€n penosa-. Pero el deseo sexual puede ser estimulado por la angustia de la soledad, por el
deseo de conquistar o de ser conquistado, por la vanidad, por el deseo de herir y aun de destruir,
tanto  como  por  el  amor.  Parecerƒa  que  cualquier  emoci€n  intensa,  el  amor  entre  otras,  puede
estimular y fundirse con el deseo sexual. Como la mayorƒa de la gente une el deseo sexual a la
idea  del  amor,  con  facilidad  incurre  en  el  error  de  creer  que  se  ama  cuando  se  desea
fƒsicamente.  El amor puede inspirar  el  deseo  de  la  uni€n  sexual;  en  tal  caso,  la  relaci€n  fƒsica
h‚llase  libre  de  avidez,  del  deseo  de  conquistar  o  ser  conquistado,  pero  est‚  fundido  con  la
ternura. Si el deseo de uni€n fƒsica no est‚ estimulado por el amor, si el amor er€tico no es a la
vez fraterno, jam‚s conduce a la uni€n salvo en un sentido orgi‚stico y transitorio. La atracci€n
sexual  crea,  por  un  momento,  la  ilusi€n  de  la  uni€n,  pero,  sin  amor,  tal  …uni€n†  deja  a  los
desconocidos tan separados como antes -a veces los hace avergonzarse el uno del otro, o aun
odiarse  recƒprocamente,  porque,  cuando  la  ilusi€n  se  desvanece,  sienten  su  separaci€n  m‚s
agudamente que antes-.  La ternura  no  es en modo alguno, como creƒa Freud,  una  sublimaci€n
del instinto  sexual; es el producto directo del amor fraterno, y existe tanto en las formas fƒsicas
del amor, como en las no fƒsicas.
En  el  amor  er€tico  hay  una  exclusividad  que  falta  en  el  amor  fraterno  y  en  el  materno.  Ese
car‚cter  exclusivo  requiere  un  an‚lisis  m‚s  amplio.  La  exclusividad  del  amor  er€tico  suele
interpretarse  err€neamente  como  una  relaci€n  posesiva.  Es  frecuente  encontrar  dos  personas
…enamoradas† la una de la otra que no sienten amor por nadie m‚s. Su amor es, en realidad, un
egotismo  ‚  deux;  son  dos  seres  que  se  identifican  el  uno  con  el  otro,  y  que  resuelven  el
problema de la separatidad convirtiendo al individuo aislado en dos. Tienen la vivencia de supe-
rar  la  separatidad,  pero,  puesto  que  est‚n  separados  del  resto  de  la  humanidad,  siguen
est‚ndolo entre sƒ y enajenados de sƒ mismos; su experiencia de uni€n no es m‚s que ilusi€n. El
amor er€tico es exclusivo, pero ama en la otra persona a toda la humanidad, a todo lo que vive.
Es  exclusivo  s€lo  en  el  sentido  de  que  puedo  fundirme  plena  e  intensamente  con  una  sola
persona. El amor er€tico excluye el amor por los dem‚s s€lo en el sentido de la fusi€n er€tica, de
un compromiso total en todos los aspectos de la vida -pero no en el sentido de un amor fraterno
profundo-.
El amor er€tico,  si es amor, tiene una premisa. Amar desde la esencia del ser -y vivenciar a la
otra  persona  en  la  esencia  de  su  ser-.  En  esencia,  todos  los  seres  humanos  son  idnticos.
Somos  todos  parte  de  Uno;  somos  Uno.  Siendo  asƒ,  no  deberƒa  importar  a  quin  amamos.  El
amor debe ser esencialmente un acto de la voluntad, de decisi€n de dedicar toda nuestra vida a
la de la otra persona. Ese es, sin duda, el razonamiento que sustenta la idea de la indisolubilidad
del matrimonio, asƒ como las muchas formas de matrimonio tradicional, en las que ninguna de las
partes  elige  a la  otra,  sino que alguien las  elige  por  ellas, a  pesar de lo cual  se  espera que  se
amen  mutuamente.  En  la  cultura  occidental  contempor‚nea,  tal  idea  parece  totalmente  falsa.
Sup€nese  que  el  amor  es  el  resultado  de  una  reacci€n  espont‚nea  y  emocional,  de  la  s„bita
aparici€n  de  un  sentimiento  irresistible.  De  acuerdo  con  ese  criterio,  s€lo  se  consideran  las
peculiaridades  de  los  dos  individuos  implicados –y  no  el  hecho  de que  todos  los  hombres  son
parte de Ad‚n y todas las mujeres parte  de Eva-. Se pasa asƒ por alto un importante factor del
amor er€tico,  el  de  la voluntad. Amar a  alguien  no  es meramente un  sentimiento  poderoso -es
una  decisi€n,  es  un  juicio,  es  una  promesa-.  Si  el  amor  no  fuera  m‚s  que  un  sentimiento,  no
existirƒan  bases  para  la  promesa  de  amarse  eternamente.  Un  sentimiento  comienza  y  puede
desaparecer.  ‰C€mo  puedo  yo  juzgar  que  durar‚  eternamente,  si  mi  acto  no  implica  juicio  y
decisi€n?
Tomando en cuenta esos puntos de vista, cabe llegar a la conclusión de que el amor es
exclusivamente un acto de la voluntad y un compromiso, y de que, por lo tanto, en esencia no
importa demasiado quiénes son las dos personas. Sea que el matrimonio haya sido decidido por
terceros, o el resultado de una elección individual, una vez celebrada la boda el acto de la
voluntad debe garantizar la continuación del amor. Tal posición parece no considerar el carácter
paradójico de la naturaleza humana y del amor erótico. Todos somos Uno; no obstante, cada uno
de nosotros es una entidad única e irrepetible. Idéntica paradoja se repite en nuestras relaciones
con los otros. En la medida en que todos somos uno, podemos amar a todos de la misma
manera, en el sentido del amor fraternal. Pero en la medida en que todos también somos
diferentes, el amor erótico requiere ciertos elementos específicos y altamente individuales que
existen entre algunos seres, pero no entre todos.
Ambos puntos de vista, entonces, el del amor erótico como una atracción completamente
individual, única entre dos personas específicas, y el de que el amor erótico no es otra cosa que
un acto de la voluntad, son verdaderos -o, como sería quizá más exacto, la verdad no es lo uno
ni lo otro-. De ahí que la idea de una relación que puede disolverse fácilmente si no resulta
exitosa es tan errónea como la idea de que tal relación no debe disolverse bajo ninguna
circunstancia.
d. Amor a sí mismo.
(Paul Tillich, en un comentario de The Sane Society, en Pastoral Psychology, setiembre 1955,
sugirió que seria mejor abandonar el ambiguo término «amor a sí mismo» (autoamor, «selflove
») y reemplazarlo por «autoafirmación natural», o «autoaceptación paradójica». Si bien
comprendo yo los méritos de esa sugerencia, no puedo convenir con el autor al respecto. En el
término «amor a sí mismo», el elemento paradójico en amor a si mismo está mucho más
claramente contenido. Se expresa el hecho de que el amor es una actitud que es la misma hacia
todos los objetos, incluyéndome a mí mismo. Tampoco debe olvidarse que ese término, en el
sentido en que se lo usa aquí, tiene una historia. La Biblia habla de amor a sí mismo cuando
ordena «ama a tu prójimo como a ti mismo», y Meister Eckhart habla de amor a sí mismo en el
mismo sentido. )
Si bien la aplicación del concepto del amor a diversos objetos no despierta objeciones, es
creencia común que amar a los demás es una virtud, y amarse a si mismo un pecado. Se su
pone que en la medida en que me amo a mí mismo, no amo a los demás, que amor a sí mismo
es lo mismo que egoísmo. Tal punto de vista se remonta a los comienzos del pensamiento occidental.
Calvino califica de «peste» el amor a sí mismo (Calvino, Institutes of the Christian
Religion (versión inglesa de J. AIbau), Filadelfia, Presbyterian Board of Christian Education,
1928, cap. 7, parte 4, pág. 622. ). Freud habla del amor a sí mismo en términos psiquiátricos,
pero no obstante, su juicio valorativo es similar al de Calvino. Para él, amor a si mismo se
identifica con narcisismo, es decir, la vuelta de la libido hacia el propio ser. El narcisismo constituye
la primera etapa del desarrollo humano, y la persona que en la vida adulta regresa a su
etapa narcisista, es incapaz de amar; en los casos extremos, es insano. Freud sostiene que el
amor es una manifestación de la libido, y que ésta puede dirigirse hacia los demás -amor- o
hacia uno -amor a sí mismo-. Amor y amor a sí mismo, entonces, se excluyen mutuamente en el
sentido de que cuanto mayor es uno, menor es el otro. Si el amor a sí mismo es malo, se sigue
que la generosidad es virtuosa.
Surgen los problemas siguientes: ¿La observación psicológica sustenta la tesis de que hay una
contradicción básica entre el amor a sí mismo y el amor a los demás? ¿Es el amor a sí mismo un
fenómeno similar al egoísmo, o son opuestos? Y ¿es el egoísmo del hombre moderno realmente
una preocupación por sí mismo como individuo, con todas sus potencialidades intelectuales,
emocionales y sensuales? ¿No se ha convertido «él» en un apéndice de su papel económicosocial?
¿Es su egoísmo idéntico al amor a sí mismo, o es la causa de la falta de este último?
Antes de comenzar el examen del aspecto psicológico del egoísmo y del amor a sí mismo,
debemos destacar la falacia lógica que implica la noción de que el amor a los demás y el amor a
uno mismo se excluyen recíprocamente. Si es una virtud amar al prójimo como a uno mismo,
debe serlo también -y no un vicio- que me ame a mí mismo, puesto que también yo soy un ser
humano. No hay ningún concepto del hombre en el que yo no esté incluido. Una doctrina que
proclama tal exclusión demuestra ser intrínsecamente contradictoria. La idea expresada en el
bíblico «Ama a tu prójimo como a ti mismo», implica que el respeto por la propia integridad y
unicidad, el amor y la comprensión del propio sí mismo, no pueden separarse del respeto, el
amor y la comprensión del otro individuo. El amor a sí mismo está inseparablemente ligado al
amor a cualquier otro ser.
Hemos llegado ahora a las premisas psicológicas básicas que fundamentan las conclusiones de
nuestro argumento. En términos generales, dichas premisas son las siguientes: no sólo los
demás, sino nosotros mismos, somos «objeto» de nuestros sentimientos y actitudes; las
actitudes para con los demás y para con nosotros mismos, lejos de ser contradictorias, son
básicamente conjuntivas. En lo que toca al problema que examinamos, eso significa: el amor a
los demás y el amor a nosotros mismos no son alternativas. Por el contrario, en todo individuo
capaz de amar a los demás se encontrará una actitud de amor a sí mismo. El amor, en principio,
es indivisible en lo que atañe a la conexión entre los «objetos» y el propio ser. El amor genuino
constituye una expresión de la productividad, y entraña cuidado, respeto, responsabilidad y
conocimiento. No es un «afecto» en el sentido de que alguien nos afecte, sino un esforzarse
activo arraigado en la propia capacidad de amar y que tiende al crecimiento y la felicidad de la
persona amada.
Amar a alguien es la realización y concentración del poder de amar. La afirmación básica
contenida en el amor se dirige hacia la persona amada como una encarnación de las cualidades
esencialmente humanas. Amar a una persona implica amar al hombre como tal. El tipo de
«división del trabajo», como lo llamó William James, que consiste en amar a la propia familia
pero ser indiferente al «extraño», es un signo de una incapacidad básica de amar. El amor al
hombre no es, como a menudo se supone, una abstracción que sigue al amor a una persona específica,
sino que constituye su premisa, aunque genéticamente se adquiera al amar a individuos
específicos.
De ello se deduce que mi propia persona debe ser un objeto de mi amor al igual que lo es otra
persona. La afirmación de la vida, felicidad, crecimiento y libertad propios, está arraigada en la
propia capacidad de amar, esto es, en el cuidado, el respeto, la responsabilidad y el
conocimiento. Si un individuo es capaz de amar productivamente, también se ama a sí mismo; si
sólo ama a los demás, no puede amar en absoluto.
Dando por establecido que el amor a sí mismo y a los demás es conjuntivo, ¿cómo explicamos el
egoísmo, que excluye evidentemente toda genuina preocupación por los demás? La persona
egoísta sólo se interesa por sí misma, desea todo para sí misma, no siente placer en dar, sino
únicamente en tomar. Considera el mundo exterior sólo desde el punto de vista de lo que puede
obtener de él; carece de interés en las necesidades ajenas y de respeto por la dignidad e
integridad de los demás. No ve más que a sí misma; juzga a todos según su utilidad; es
básicamente incapaz de amar. ¿No prueba eso que la preocupación por los demás y por uno
mismo son alternativas inevitables? Sería así si el egoísmo y el autoamor fueran idénticos. Pero
tal suposición es precisamente la falacia que ha llevado a tantas conclusiones erróneas con
respecto a nuestros problemas. El egoísmo y el amor a sí mismo, lejos de ser idénticos, son
realmente opuestos. El individuo egoísta no se ama demasiado, sino muy poco; en realidad, se
odia. Tal falta de cariño y cuidado por sí mismo, que no es sino la expresión de su falta de
productividad, lo deja vacío y frustrado. Se siente necesariamente infeliz y ansiosamente
preocupado por arrancar a la vida las satisfacciones que él se impide obtener. Parece preocuparse
demasiado por sí mismo, pero, en realidad, sólo realiza un fracasado intento de disimular y
compensar su incapacidad de cuidar de su verdadero ser. Freud sostiene que el egoísta es
narcisista, como si negara su amor a los demás y lo dirigiera hacia sí. Es verdad que las
personas egoístas son incapaces de amar a los demás, pero tampoco pueden amarse a sí
mismas.
Es más fácil comprender el egoísmo comparándolo con la ávida preocupación por los demás,
como la que encontramos, por ejemplo, en una madre sobreprotectora. Si bien ella cree
conscientemente que es en extremo cariñosa con su hijo, en realidad tiene una hostilidad
hondamente reprimida contra el objeto de sus preocupaciones. Sus cuidados exagerados no
obedecen a un amor excesivo al niño, sino a que debe compensar su total incapacidad de
amarlo.
Esta teoría de la naturaleza del egoísmo surge de la experiencia psicoanalítica con la
«generosidad» neurótica, un síntoma de neurosis observado en no pocas personas, que habitualmente
no están perturbadas por ese síntoma, sino por otros relacionados con él, como
depresión, fatiga, incapacidad de trabajar, fracaso en las relaciones amorosas, etc. No sólo ocurre
que no consideran esa generosidad como un «síntoma»; frecuentemente es el único rasgo
caracterológico redentor del que esas personas se enorgullecen. La persona «generosa» «no
quiere nada para sí misma»; «sólo vive para los demás», está orgullosa de no considerarse
importante. Le intriga descubrir que, a pesar de su generosidad, no es feliz, y que sus relaciones
con los más íntimos allegados son insatisfactorias. La labor analítica demuestra que esa
generosidad no es algo aparte de los otros síntomas, sino uno de ellos -de hecho, muchas veces
es el más importante-; que la capacidad de amar o de disfrutar de esa persona está paralizada;
que está llena de hostilidad hacia la vida y que, detrás de la fachada de generosidad, se oculta
un intenso egocentrismo, sutil, pero no por ello menos intenso. Esa persona sólo puede curarse
si también su generosidad se interpreta como un síntoma junto con los demás, de modo que su
falta de productividad, que está en la raíz de su generosidad y de las otras perturbaciones,
pueda corregirse.
La naturaleza de esa generosidad se torna particularmente evidente en su efecto sobre los
demás y, con mucha frecuencia en nuestra cultura, en el efecto que la madre «generosa» ejerce
sobre sus hijos. Ella cree que, a través de su generosidad, sus hijos experimentarán lo que
significa ser amado y aprenderán, a su vez, a amar. Sin embargo, el efecto de su generosidad no
corresponde en absoluto a sus expectaciones. Los niños no demuestran la felicidad de personas
convencidas de que se los ama; están angustiados, tensos, temerosos de la desaprobación de la
madre y ansiosos de responder a sus expectativas. Habitualmente, se sienten afectados por la
oculta hostilidad de la madre contra la vida, que sienten, pero sin percibirla con claridad, y,
eventualmente, se empapan de ella. En conjunto, el efecto producido por la madre «generosa»
no es demasiado diferente del que ejerce la madre egoísta, y aun puede resultar más nefasto,
puesto que la generosidad de la madre impide que los niños la critiquen. Se los coloca bajo la
obligación de no desilusionarla; se les enseña, bajo la máscara de la virtud, a no gustar de la
vida. Si se tiene la oportunidad de estudiar el efecto producido por una madre con genuino amor
a sí misma, se ve que no hay nada que lleve más a un niño a la experiencia e lo que son la
felicidad, el amor y la alegría, que el amor de una madre que se ama a sí misma.
Meister Eckhart ha sintetizado magníficamente estas ideas: «Si te amas a ti mismo, amas a
todos los demás como a ti mismo. Mientras ames a otra persona menos que a ti mismo, no
lograrás realmente amarte, pero si amas a todos por igual, incluyéndote a ti, los amarás como
una sola persona y esa persona es a la vez Dios y el hombre. Así, pues, es una persona grande
y virtuosa la que amándose a sí misma, ama igualmente a todos los demás» (Meister Eckhart
(versión inglesa de R. B. Blaknev). Nueva York, Harper and Brothers, 1941, pág. 204.)
e. Amor a Dios.
Dijimos antes que la base de nuestra necesidad de amar está en la experiencia de separatidad y
la necesidad resultante de superar la angustia de la separatidad por medio de la experiencia de
la unión. La forma religiosa del amor, lo que se denomina amor a Dios, es, desde el punto de
vista psicológico, de índole similar. Surge de la necesidad de superar la separatidad y lograr la
unión. En realidad, el amor a Dios tiene tantos aspectos y cualidades distintos como el amor al
hombre -y en gran medida encontramos en él las mismas diferencias-.
En todas las religiones teístas, sean politeístas o monoteístas, Dios representa el valor supremo,
el bien más deseable. Por lo tanto, el significado específico de Dios depende de cuál sea el bien
más deseable para una determinada persona. La comprensión del concepto de Dios debe
comenzar, en consecuencia, con un análisis de la estructura caracterológica de la persona que
adora a Dios.
Hasta donde tenemos conocimiento al respecto, el desarrollo de la raza humana puede
caracterizarse como la emergencia del hombre de la naturaleza, de la madre, de los lazos de la
sangre y el suelo. En el comienzo de la historia humana, el hombre, si bien expulsado de la
unidad original con la naturaleza, se aferra todavía a esos lazos primarios. Encuentra seguridad
regresando o aferrándose a esos vínculos primitivos. Siéntese identificado todavía con el mundo
de los animales y de los árboles, y trata de lograr la unidad formando parte del reino natural.
Muchas religiones primitivas son manifestaciones de esa etapa evolutiva. Un animal se
transforma en un tótem; se utilizan máscaras de animales en los actos religiosos o en la guerra;
se adora a un animal como dios. En una etapa posterior de evolución, cuando la habilidad
humana se ha desarrollado hasta alcanzar la del artesano o el artista, cuando el hombre no
depende ya exclusivamente de los dones de la naturaleza -la fruta que encuentra y el animal que
mata- el hombre transforma el producto de su propia mano en un dios. Es ésa la etapa de la
adoración de ídolos hechos de arcilla, plata u oro. El hombre proyecta sus poderes y habilidades
propios en las cosas que hace, y así, a distancia, adora sus proezas, sus posesiones. En una
etapa ulterior, el hombre da a sus dioses la forma de seres humanos. Parece que eso sólo puede
ocurrir cuando el hombre se ha tornado más consciente de sí mismo, y cuando ha descubierto al
hombre como la «cosa» más elevada y digna en el mundo. En esa fase de adoración de un dios
antropomórfico, encontramos una evolución de dos dimensiones. Una se refiere a la naturaleza
femenina o masculina de los dioses, la otra al grado de madurez alcanzada por el hombre, grado
que determina la naturaleza de sus dioses y la naturaleza de su amor a ellos.
Hablemos en primer término del paso desde las religiones matriarcales a las patriarcales. De
acuerdo con los notables y decisivos descubrimientos de Bachofen y Morgan a mediados del
siglo pasado, y a pesar de que la mayoría de los círculos académicos rechazó esos hallazgos, no
parecen existir dudas acerca de la existencia de una fase matriarcal de la religión, anterior a la
patriarcal, por lo menos en muchas culturas. En la fase matriarcal, el ser superior es la madre. Es
la diosa, y así mismo la autoridad en la familia y la sociedad. Para comprender la esencia de la
religión matriarcal basta recordar lo dicho sobre la esencia del amor materno. El amor de la
madre es incondicional, y también es omniprotector y envolvente; como es incondicional,
tampoco puede controlarse o adquirirse. Su presencia da a la persona amada una sensación de
dicha; su ausencia produce un sentimiento de abandono y profunda desesperación. Puesto que
la madre ama a sus hijos porque son sus hijos, y no porque sean «buenos», obedientes, o
cumplan sus deseos y órdenes, el amor materno se basa en la igualdad. Todos los hombres son
iguales, porque son todos hijos de una madre, porque todos son hijos de la Madre Tierra.
La etapa siguiente de la evolución humana, la única que conocemos plenamente y a cuyo
respecto no tenemos necesidad de confiar en inferencias y reconstrucciones, es la fase
patriarcal. En ella, la madre pierde su posición suprema y el padre se convierte en el Ser
Supremo, tanto en la religión como en la sociedad. La naturaleza del amor del padre le hace
tener exigencias, establecer principios y leyes, y a que su amor al hijo dependa de la obediencia
de éste a sus demandas. Prefiere al hijo que más se le asemeja, al más obediente y capacitado
para sucederle, como heredero de todas sus posesiones. (El desarrollo de la sociedad patriarcal
es paralelo al de la propiedad privada.) Como consecuencia, la sociedad patriarcal es jerárquica;
la igualdad de los hermanos se transforma en competencia y lucha mutua. Sea que
consideremos las culturas india, egipcia o griega, o las religiones judeo-cristiana o islámica, nos
encontramos en medio de un mundo patriarcal, con dioses masculinos, sobre los que reina un
dios principal, o donde todos los dioses han sido eliminados menos Uno, el Dios. Sin embargo,
puesto que es imposible arrancar del corazón humano el anhelo de amor materno, no es
sorprendente que la figura de la madre amante no se haya podido expulsar totalmente del
panteón. En la religión judía, los aspectos maternos de Dios vuelven a introducirse, en especial
en las diversas corrientes místicas. En la religión católica, la Iglesia y la Virgen simbolizan a la
Madre. Ni siquiera en el protestantismo permanece oculta. Lutero estableció como principio
fundamental que nada de lo que el hombre hace puede procurarle el amor de Dios. El amor de
Dios es Gracia, la actitud religiosa consiste en tener fe en esa gracia, y hacerse pequeño y
desvalido; las buenas obras no pueden influir sobre Dios -o hacer que Dios nos ame, como
postulan las doctrinas católicas-. Aquí es evidente que la doctrina católica de las buenas obras
forma parte del cuadro patriarcal; es posible alcanzar el amor del padre mediante la obediencia y
el cumplimiento de sus exigencias. La doctrina luterana, en cambio, a pesar de su manifiesto
carácter patriarcal, contiene un elemento matriarcal soslayado. El amor de la madre no puede
adquirirse; está ahí, o no; todo lo que puedo hacer es tener fe (como dice el salmista: «Sobre los
pechos de mi madre, me hiciste estar confiado»16 (Salmos, 22 : 9.)), y transformarme en una
criatura desvalida e impotente. Pero la peculiaridad de la fe de Lutero consiste en que la figura
de la madre desapareció del cuadro manifiesto y fue reemplazada por la del padre; en lugar de la
certeza de ser amado por la madre, se convierte en rasgo fundamental la intensa duda, el
esperar, contra toda esperanza, el amor incondicional del padre.
He tenido que examinar la diferencia entre los elementos matriarcales y patriarcales en la religión
para mostrar que el carácter del amor a Dios depende de la respectiva gravitación de los
aspectos matriarcales y patriarcales en la religión. El aspecto patriarcal me hace amar a Dios
como a un padre; supongo que es justo y severo, que castiga y recompensa; y, evidentemente,
que me elegirá como hijo favorito, tal como Dios eligió a Abraham-Israel, como Isaac eligió a
Jacob, como Dios elige a su pueblo favorito. En el aspecto matriarcal de la religión, amo a Dios
como a una madre omnímoda. Tengo fe en su amor y sé que pese a cuan pobre e impotente
sea, a cuanto haya pecado, me amará y no amará a ninguno de sus otros hijos más que a mí;
que me ocurra lo que me ocurriere, me rescatará, me salvará, me perdonará. Innecesario es
decir que mi amor a Dios y el amor de Dios a mi son inseparables. Si Dios es un padre, me ama
como a un hijo, y yo lo amo como a un padre. Si Dios es una madre, este hecho determina su
amor y mi amor.
Esa diferencia entre los aspectos maternos y paternos del amor a Dios es, empero, sólo uno de
los factores que determinan la naturaleza de ese amor; el otro factor es el grado de madurez
alcanzado por el individuo y, por lo tanto, en su concepto de Dios y su amor a Dios.
Dado que la raza humana evolucionó desde una estructura societal centrada en la madre a una
centrada en el padre, es principalmente en el desenvolvimiento de la religión patriarcal donde
podemos observar el desarrollo de un amor maduro (Eso es verdad especialmente en lo que
atañe a las religiones monoteístas de occidente. En las religiones indias las figuras maternas han
conservado buena parte de su influencia, por ejemplo, en la diosa Kali; en el budismo y en el
taoísmo, el concepto de un dios -o de una diosa- carecía de significación esencial, si es que no
había sido eliminado por completo.). Al comienzo de esa evolución, encontramos un Dios despótico,
celoso, que considera que el hombre que él ha creado es su propiedad, y que tiene
derecho a hacer con él cuanto quiera. Es ésa la fase religiosa en la que Dios arroja al hombre del
paraíso, para que no coma del árbol del saber y se convierta así en Dios mismo; es la fase en la
que Dios decide destruir la raza humana mediante el diluvio, porque ninguno de sus miembros le
gusta, con la excepción de su hijo favorito, Noé; es la fase en la que Dios le exige a Abraham
que mate a su único y amado hijo Isaac, para probar su amor por El con un acto de total
obediencia. Pero al mismo tiempo comienza una nueva etapa; Dios hace un pacto con Noé, por
el cual le promete no volver a destruir jamás la raza humana, un pacto en el cual él mismo se
compromete. No sólo está atado por sus promesas, sino por su propio principio de justicia, y
sobre esa base Dios debe someterse al pedido de Abraham de no destruir Sodoma si en ella hay
por lo menos diez hombres justos. Pero la evolución va más allá de transformar a Dios, de la
figura de un despótico jefe de tribu en un padre amante, en un padre que está sometido al
principio que él mismo ha postulado; tiende a que Dios deje de ser la figura de un padre y se
convierta en el símbolo de sus principios, los de justicia, verdad y amor. Dios es verdad, Dios es
justicia. En ese desarrollo, Dios deja de ser una persona, un hombre, un padre; se convierte en
el símbolo del principio de unidad subyacente a la multiplicidad de los fenómenos, de la visión de
la flor que crecerá de la semilla espiritual que alberga el hombre en su interior. Dios no puede
tener un nombre. Un nombre siempre denota una cosa, o una persona, algo finito. ¿Cómo puede
Dios tener un nombre, si no es una persona ni una cosa?
El incidente más notable de ese cambio es el relato bíblico de la revelación de Dios a Moisés.
Cuando Moisés le dice que los hebreos no creerán que Dios lo ha enviado, a menos que pueda
decirles el nombre de Dios (¿cómo podrían los adoradores de ídolos comprender un Dios sin
nombre, puesto que la esencia misma de un ídolo es tener un nombre?), Dios hace una
concesión. Dice a Moisés que su nombre es «Yo soy el que soy». «Yo soy el que seré es mi
nombre.» El «yo soy el que seré» significa que Dios no es finito, que no es una persona, un
«ser». La traducción más adecuada de la frase sería: dile que «mi nombre es sinnombre». La
prohibición de hacer imágenes de Dios, de pronunciar su nombre en vano, y eventualmente, de
pronunciar su nombre en absoluto, apunta a la misma finalidad, la de liberar al hombre de la idea
de que Dios es un padre, una persona. En el desarrollo teológico ulterior, la idea se transforma
en el principio de que ni siquiera deben darse a Dios atributos positivos. Decir que Dios es sabio,
poderoso, bueno, implica nuevamente que es una persona; todo lo que puedo hacer es decir lo
que Dios no es, enumerar sus atributos negativos, postular que no es limitado, que no es malo,
que no es injusto. Cuanto más sé lo que Dios no es, mayor es mi conocimiento de Dios (Cf. el
concepto de Maimónides de los atributos negativos de Dios en la Guía de los Perplejos.).
Si seguimos la maduración de la idea monoteísta en sus consecuencias ulteriores sólo
llegaremos a una conclusión: no mencionar para nada el nombre de Dios, no hablar acerca de
Dios. Dios se convierte entonces en lo que es potencialmente en la teología monoteísta, el Uno
sin nombre, un balbuceo inexpresable, que se refiere a la unidad subyacente al universo
fenoménico, la fuente de toda existencia; Dios se torna verdad, amor, justicia. Dios es yo, en la
medida en que soy humano.
Es evidente que tal evolución desde el principio antropomórfico al puro monoteísmo establece
una diferencia fundamental en la naturaleza del amor a Dios. El Dios de Abraham puede amarse
o temerse, como un 'padre, y su aspecto predominante es a veces la tolerancia, a veces la ira.
En el grado en que Dios es el padre, yo soy el hijo. No he emergido plenamente del deseo
autista de omnisciencia y omnipotencia. No he adquirido aún la objetividad necesaria para
percatarme de mis limitaciones como ser humano, de mi ignorancia, mi desvalidez. Reclamo
aún, como una criatura, que haya un padre que me rescate, que me vigile, que me castigue, un
padre que me aprecie cuando soy obediente, que se sienta halagado por mis loas y enojado a
causa de mi desobediencia. Es notorio que la mayoría de la gente no ha superado, en su
evolución personal, esa etapa infantil, y de ahí que su fe en Dios signifique creer en un padre
protector -una ilusión infantil-. Esta sigue siendo la forma predominante, a pesar del hecho de
que algunos grandes maestros de la raza humana y un pequeño número de hombres hayan
superado ese concepto de la religión.
En la medida en que las cosas son así, la crítica de la idea de Dios, tal como la expresó Freud,
es correcta. El error, sin embargo, está en el hecho de que no tuvo en cuenta el otro aspecto de
la religión monoteísta, y su verdadero núcleo, cuya lógica lleva exactamente a la negación de
este concepto de Dios. La persona verdaderamente religiosa, que capta la esencia de la idea
monoteísta, no reza por nada, no espera nada de Dios; no ama a Dios como un niño a su padre
o a su madre; ha adquirido la humildad necesaria para percibir sus limitaciones, hasta el punto
de saber que no sabe nada acerca de Dios. Dios se convierte para ella en un símbolo en el que
el hombre, en una etapa más temprana de su evolución, ha expresado la totalidad de lo que se
esfuerza por alcanzar, el reino del mundo espiritual, del amor, la verdad, la justicia. Tiene fe en
los principios que «Dios» representa; piensa la verdad, vive el amor y la justicia, y considera que
su vida toda es valiosa sólo en la medida en que le da la oportunidad de llegar a un desenvolvimiento
cada vez más pleno de sus poderes humanos -como la única realidad que cuenta, el
„nico  objeto  de  …fundamental  importancia†-;  y,  eventualmente,  no  habla  de  Dios  -ni  siquiera
menciona su nombre-. Amar a Dios, si usara esa palabra, significarƒa entonces anhelar el logro
de la plena capacidad de amar, para la realizaci€n de lo que …Dios† representa en uno mismo.
Desde ese punto de vista, la consecuencia l€gica del pensamiento monoteƒsta es la negaci€n de
toda  …teologƒa†,  de  todo  …conocimiento  de  Dios†.  No  obstante,  sigue  habiendo  una  diferencia
entre  tan  radical  concepci€n  no-teol€gica  y  un  sistema  no  teƒsta,  por  ejemplo,  en  el  budismo
primitivo o en el taoƒsmo.
En todos los sistemas teistas, aun los mƒsticos y no-teol€gicos, existe el supuesto de la realidad
del  reino  espiritual,  que  trasciende  al  hombre,  que  da  significado  y  validez  a  los  pode  res
espirituales del hombre y a sus esfuerzos por alcanzar la salvaci€n y el nacimiento interior. En un
sistema no-teƒsta no existe un reino espiritual fuera del hombre o trascendente a l. El reino del
amor,  la  raz€n  y  la  justicia  existe  como  una  realidad  „nicamente  porque  el  hombre  ha podido
desenvolver  esos  poderes  en  sƒ  mismo  a  travs  del  proceso  de  su  evoluci€n  y  s€lo  en  esa
medida. En tal concepci€n, la vida no tiene  otro  sentido que  el que el hombre le  da;  el hombre
est‚ completamente solo, salvo en la medida en que ayuda a otro.
Puesto que ‹le hablado del amor a Dios, quiero aclarar que, personalmente, no pienso en funci€n
de  un  concepto  teƒsta,  y  que,  en  mi  opini€n,  el  concepto  de  Dios  es  s€lo  un  concepto
hist€ricamente condicionado, en el que el hombre ha expresado su experiencia de sus poderes
superiores,  su  anhelo  de  verdad  y  de  unidad  en  determinado  perƒodo  hist€rico.  Pero  creo
tambin  que  las  consecuencias  de  un  monoteƒsmo  estricto  y  la  preocupaci€n  fundamental  no-
teƒsta por la realidad espiritual son dos puntos de vista que, aunque diferentes, no se contradicen
necesariamente.
Pero aquƒ surge otra dimensi€n de la cuesti€n del amor a Dios, que debemos analizar para medir
la profundidad del problema. Me refiero a una diferencia fundamental en la actitud religiosa entre
Oriente  (China  e  India)  y  el  Occidente,  diferencia  que  cabe  expresar  en  funci€n  de  conceptos
l€gicos. Desde Arist€teles,  el mundo occidental  ha  seguido  los  principios  l€gicos  de  la  filosofƒa
aristotlica. Esa l€gica se basa en el principio de identidad que afirma que A es A, el principio de
contradicci€n (A no es no A) y el principio del tercero excluido (A no puede ser A y no A, tampoco
A ni no A). Arist€teles explica claramente su posici€n en el siguiente pasaje: …Es imposible que
una misma cosa  simult‚neamente pertenezca y no  pertenezca a la misma cosa y  en el mismo
sentido,  sin  perjuicio  de  otras  determinaciones  que  podrƒan  agregarse  para  enfrentar  las
objeciones  l€gicas.  Este  es,  entonces,  el  m‚s  cierto  de  todos  los  principios  …  (Arist€teles,
Metafƒsica, libro 3, 1005b, 20. )
Este  axioma  de  la  l€gica  aristotlica  est‚  tan  hondamente  arraigado  en  nuestros  h‚bitos  de
pensamiento  que  se  siente  como  …natural†  y  autoevidente,  mientras  que,  por  otra  parte,  la
confirmaci€n de que X es A y no es A parece insensata. (Desde luego, la afirmaci€n se refiere al
sujeto X en un momento dado, no a X ahora y a X m‚s tarde, o a un aspecto de X frente a otro
aspecto.)
En  oposici€n  a  la  l€gica  aristotlica,  existe  la  que  podrƒamos  llamar  lógica paradójica, que
supone que  A y no-A  no  se  excluyen mutuamente como predicados de  X.  La l€gica  parad€jica
predomin€ en el pensamiento chino e indio, en la filosofƒa de Her‚clito, y posteriormente, con el
nombre de dialctica, se convirti€ en la filosofƒa de Hegel y de Marx. Lao-ts formul€ claramente
el  principio  general  de  la  l€gica  parad€jica:  «Las palabras que son estrictamente verdaderas
parecen ser paradójicas» (Lao-ts, The Tao Teh King, The Sacred Books of the East, ed. por F.
Max Mueller, Vol. XXXIX, Londres, Oxford University Press, 1927, p‚g. 120.). Y Chuang-tzu: …Lo
que  es  uno es  uno. Aquello  que es no-uno, tambin es uno.† Tales formulaciones  de la l€gica
parad€jica son positivas: es y no es. Otras son negativas: no es esto ni aquello. Encontramos la
primera expresi€n en el pensamiento taoƒsta, en Her‚clito y en la dialctica de Hegel; la segunda
formulaci€n es frecuente en la filosofƒa india.
Aunque estaría más allá de los propósitos de este libro intentar una descripción más detallada de
la diferencia entre la lógica aristotélica y la paradójica, mencionaré unos pocos ejemplos para
hacer más comprensible el principio. La lógica paradójica tiene en Heráclito su primera
manifestación filosófica en el pensamiento occidental. Heráclito afirma que el conflicto entre los
opuestos es la base de toda existencia. «Ellos no comprenden», dice «que el Uno total,
divergente en sí mismo, es idéntico a sí mismo: armonía de tensiones opuestas, como en el arco
y en la lira» (W. Capelle, Die Vorsokratiker, Stuttgart, Alfred Kroener Verlag, 1953, pág. 134 (Mi
traducción, E. F.).. O aun con mayor claridad: «Nos bañamos en el mismo río y, sin embargo, no
en el mismo; somos nosotros y no somos nosotros»( Ibídem, pág. 132 ). O bien: «Uno y lo
mismo se manifiesta en las cosas como vivo y muerto, despierto y dormido, joven y viejo». (
Ibídem, pág. 133.)
En la filosofía de Lao-tsé la misma idea exprésase en una forma más poética. Un ejemplo
característico del pensamiento paradójico taoísta es el siguiente: «La gravedad es la raíz de la
liviandad; la quietud es la rectora del movimiento» (Mueller, op. cit., pág. 69 ). O bien: «El Tao en
su curso regular no hace nada y, por lo tanto, no hay nada que no haga» ( Ibídem, pág. 79. ). O
bien: «Mis palabras son muy fáciles de conocer y muy fáciles de practicar; pero no hay nadie en
el mundo capaz de conocerlas y practicarlas» (Ibídem, pág. 112 ). En el pensamiento taoísta, así
como en el pensamiento indio y socrático, el nivel más alto al que puede conducirnos el
pensamiento es conocer lo que no conocemos: «Conocer y, no obstante [pensar] que no
conocemos es el más alto [logro]; no conocer [y sin embargo pensar] que conocemos es una
enfermedad» (Ibídem, pág. 113 ). Que el Dios supremo no pueda nombrarse no es sino una
consecuencia de esa filosofía. La realidad final, lo Uno fundamental, no puede encerrarse en
palabras o en pensamientos. Como dice Lao-tsé, «El Tao que puede ser hallado, no es el Tao
permanente y estable. El nombre que puede nombrarse no es el nombre permanente y estable»
(Ibídem, pág. 47 ). O, en una formulación distinta: «Lo miramos y no lo vemos, y lo llamamos el
`Ecuable'. Lo escuchamos y no lo oímos, y lo llamamos el `Inaudible'. Tratamos de captarlo, y no
logramos hacerlo, y lo nombramos el `Sutil'. Con estas tres cualidades no puede ser sujeto de
descripción; y por eso las fundimos y obtenemos El Uno» (Ibídem, pág. 57.). Y aun otra
formulación de la misma idea: «El que conoce [el Tao] no (necesita) hablar (sobre él); el que está
[siempre dispuesto a] hablar sobre él no lo conoce»». (Ibídem, pág. 100)
La filosofía brahmánica se preocupaba por la relación entre la multiplicidad (de los fenómenos) y
la unidad (Brahma). Pero la filosofía paradójica no debe confundirse en la India ni en la China
con un punto de vista dualista. La armonía (unidad) consiste en la posición conflictual que la
constituye. «El pensamiento brahmánico desde el principio giró alrededor de la paradoja de los
antagonismos simultáneos -y no obstante identidad de las fuerzas y formas manifiestas del
mundo fenoménico...» (H. R. Zimmer, Philosophies of India, Nueva York, Pantheon Books, 1951.
) El poder esencial en el Universo y en el hombre trasciende tanto la esfera conceptual como la
sensible. No es, por lo tanto, «ni esto ni aquello». Pero, como advierte Zimmer, «no hay
antagonismo entre `real e irreal' en esta realización estrictamente nodualista» (Ibídem.). En su
búsqueda de la unidad más allá de la multiplicidad, los pensadores brahmánicos llegaron a la
conclusión de que el par de opuestos que se percibe no refleja la naturaleza de las cosas, sino la
de la mente percipiente. El pensamiento percipiente debe trascenderse a si mismo para alcanzar
la verdadera realidad. La oposición es una categoría de la mente humana, no un elemento de la
realidad. En el RigVeda, el principio se expresa en la siguiente forma: «Yo soy los dos, la fuerza
vital y el material vital, los dos a la vez.» La consecuencia extrema de la idea de que el
pensamiento sólo puede percibir en contradicciones aparece en forma aún más drástica en la
teoría vedanta, que postula que el pensamiento -a pesar de su fino discernimiento- es «sólo un
más sutil horizonte de ignorancia, en realidad, el más sutil de todos los engañosos recursos de
maya» (Ibídem, pág. 424.)
La lógica paradójica tiene una significativa relación con el concepto de Dios. En el grado en que
Dios representa la realidad esencial, y la mente humana percibe la realidad en contra dicciones,
no puede hacerse afirmación positiva alguna acerca de Dios. En los Vedas, la idea de un Dios
omnisapiente y omnipotente se considera la forma más extrema de ignorancia. (Ibídem, pág.
424. ) Vemos aquí la conexión con la falta de nombre del Tao, el nombre innominado del Dios
que se revela a Moisés, la «Nada absoluta» de Meister Eckhart. El hombre sólo puede conocer la
negación, y nunca la posición de la realidad esencial. «Mientras tanto, el hombre no puede
conocer lo que Dios es, aunque tenga plena conciencia de lo que Dios no es... Así satisfecha con
nada, la mente clama el bien supremo.» ( Meister Eckhart, Nueva York, Harper and Brothers,
1941, pág. 114. ) Para Meister Eckhart, «El Divino es una negación de las negaciones, y una
negativa de las negativas... Todas las criaturas contienen una negación: una niega que es la
otra» (Ibídem, pág. 247. Cf. también la teología negativa de Maimónides.)Es tan sólo como una
consecuencia ulterior que Dios se convierte para Meister Eckhart en «La Nada absoluta», tal
como la realidad esencial es el «En Sof>, lo Sin Fin, para la Cábala.
He examinado la diferencia entre la lógica aristotélica y la paradójica con el propósito de preparar
el terreno para una importante distinción en el concepto del amor a Dios. Los maestros de la
lógica paradójica afirman que el hombre puede percibir la realidad sólo en contradicciones, y que
su pensamiento es incapaz de captar la realidad-unidad esencial, lo Uno mismo. Ello trajo como
consecuencia que no se aspira como finalidad última a descubrir la respuesta en el pensamiento.
Este sólo nos dice que no puede darnos la última respuesta. El mundo del pensamiento
permanece envuelto en la paradoja. La única forma como puede captarse el mundo en su
esencia reside, no en el pensamiento, sino en el acto, en la experiencia de unidad.
La lógica paradójica llega así a la conclusión de que el amor a Dios no es el conocimiento de
Dios mediante el pensamiento, ni el pensamiento del propio amor a Dios, sino el acto de
experimentar la unidad con Dios.
Por lo tanto, lo más importante es la forma correcta de vivir. Toda la vida, cada acción, banal o
importante, se dedica al conocimiento de Dios, pero no a un conocimiento por medio del
pensamiento correcto, sino de la acción correcta. Las religiones orientales constituyen una clara
ilustración de ese concepto. Tanto en el brahmanismo como en el budismo y el taoísmo, la
finalidad fundamental de la religión no es la creencia correcta, sino la acción correcta. Lo mismo
ocurre en la religión judía. Prácticamente no se registra en la tradición judía ningún cisma por
cuestiones de creencia (la única gran excepción, la diferencia entre fariseos y saduceos, se
produjo esencialmente entre dos clases sociales opuestas). La religión judía asignaba especial
importancia (particularmente desde el comienzo de la era cristiana) a la forma correcta de vivir, el
Halacha (palabra que, en realidad, tiene casi el mismo sentido que el Tao).
En la historia moderna, el mismo principio se expresa en el pensamiento de Spinoza, Marx y
Freud. En la filosofía de Spinoza, el acento se traslada de la creencia correcta a la conducta
correcta en la vida. Marx sostuvo idéntico principio cuando dijo: «Los filósofos han interpretado el
mundo de distintas maneras; la tarea es transformarlo.» La lógica paradójica de Freud lo llevó al
proceso de la terapia psicoanalítica, la experiencia cada vez más profunda de uno mismo.
Desde el punto de vista de la lógica paradójica, lo fundamental no es el pensamiento, sino el
acto. Tal actitud tiene diversas otras consecuencias. En primer término, llevó a la tole rancia que
encontramos en el desarrollo religioso indio y chino. Si el pensamiento correcto no constituye la
última verdad ni la forma de lograr la salvación, no hay razones que justifiquen el oponerse a los
que han arribado a formulaciones distintas. Esa tolerancia está bellamente expresada en la historia
de varios hombres a quienes se pidió que describieran un elefante en la oscuridad. Uno de
ellos, tocándole la trompa, dijo: «este animal es como una cañería»; otro, tocándole la oreja, dijo:
«este animal es como un abanico»; un tercero, tocándole las patas, lo describió como una
columna.
En segundo lugar, el punto de vista paradójico llevó a dar más importancia al hombre en
transformación que al desarrollo del dogma, por una parte, y de la ciencia, por la otra. Desde el
punto de vista chino, indio y místico, la tarea religiosa del hombre no consiste en pensar bien,
sino en obrar bien, y en llegar a ser uno con lo Uno en el acto de la meditación concentrada.
En lo que toca a la corriente principal del pensamiento occidental, cabe afirmar lo contrario.
Puesto que se esperaba encontrar la verdad fundamental en el pensamiento correcto,
otorgábase especial importancia al pensar, aunque también se valoraba la acción correcta. En la
evolución religiosa tal actitud condujo a la formación de dogmas, a interminables argumentos
acerca de los principios dogmáticos, y a la intolerancia frente al «no creyente» o hereje. Más
aún, llevó a considerar la «fe en Dios» como la principal finalidad de la actitud religiosa.
Naturalmente, eso no significa que no existiese también el concepto de que se debía vivir
correctamente. Pero, no obstante, la persona que creía en Dios -aunque no viviera a Diossentíase
superior a los que vivían a Dios, pero no «creían» en él.
El énfasis puesto en el pensamiento posee asimismo otra consecuencia de importancia histórica.
La idea de que se podía encontrar la verdad por medio del pensamiento llevó no sólo al dogma,
sino también a la ciencia. En la ciencia el pensamiento correcto es todo lo que cuenta, tanto en el
sentido de la honestidad intelectual como en el de su aplicación a la práctica -esto es, a la
técnica-.
En resumen, la lógica paradójica llevó a la tolerancia y a un esfuerzo hacia la
autotransformación. La consideración aristotélica condujo al dogma y a la ciencia, a la Iglesia Católica,
y al descubrimiento de la energía atómica.
Hemos explicado ya implícitamente las consecuencias de tal diferencia entre ambos puntos de
vista en lo que se refiere al problema del amor a Dios, y sólo es necesario resumirlas brevemente.
En el sistema religioso occidental predominante, el amor a Dios es esencialmente lo mismo que
la fe en Dios, en su existencia, en su justicia, en su amor. El amor a Dios es fundamentalmente
una experiencia mental. En las religiones orientales y en el misticismo, el amor a Dios es una
intensa experiencia afectiva de unidad, inseparablemente ligada a la expresión de ese amor en
cada acto de la vida. La formulación más radical de esa meta pertenece a Meister Eckhart: «Si,
por lo tanto, me transformo en Dios y El me hace uno Consigo mismo, entonces, por el Dios
viviente, no hay distinción alguna entre nosotros... Alguna gente cree que va a ver a Dios, que va
a ver a Dios como si él estuviera allí, y ellos aquí, pero eso no ha de ocurrir. Dios y yo somos
uno. Al conocer a Dios, lo tomo en mí mismo. Al amar a Dios, lo penetro» (Meister Eckhart, op.
cit., págs. 181-2.). Podemos volver ahora a un importante paralelo entre el amor a los padres y el
amor a Dios. Al comienzo, el niño está ligado a la madre como «fuente de toda existencia». Se
siente desvalido y necesita el amor omnímodo de la madre. Luego se vuelca hacia el padre como
nuevo centro de sus afectos, siendo el padre un principio rector del pensamiento y la acción; en
esa etapa, lo impulsa la necesidad de conquistar el elogio del padre, y de evitar su
disconformidad. En la etapa de la plena madurez, se ha liberado de las personas de la madre y
del padre como poderes protector e imperativo; ha establecido en sí mismo los principios
materno y paterno. Se ha convertido en su propio padre y madre; es padre y madre. En la
historia de la raza humana observamos -y podemos anticipar- idéntico desarrollo desde el
comienzo del amor a Dios como la desamparada relación con una Diosa madre, a través de la
obediencia a un Dios paternal, hasta una etapa madura en la que Dios deja de ser un poder
exterior, en la que el hombre ha incorporado en sí mismo los principios de amor y justicia, en la
que se ha hecho uno con Dios y, eventualmente, a un punto en que sólo habla de Dios en un
sentido poético y simbólico.
De tales consideraciones se deduce que el amor a Dios no puede separarse del amor a los
padres. Si una persona no emerge de la relación incestuosa con la madre, el clan, la nación, si
mantiene su dependencia infantil de un padre que castiga y recompensa, o de cualquier otra
autoridad, no puede desarrollar un amor maduro a Dios; su religión es, entonces, la que
corresponde a la primera fase religiosa, en la que se experimentaba a Dios como a una madre
protectora o un padre que castiga y recompensa.
En la religión contemporánea encontramos todas las fases, desde la más antigua y primitiva
hasta la más elevada. La palabra «Dios» denota el jefe de tribu tanto como la «Nada absoluta».
En igual forma, cada individuo conserva en sí mismo, en su inconsciente, como lo ha demostrado
Freud, todas las etapas desde la del infante desvalido en adelante. La cuestión es hasta qué
punto ha crecido. Una cosa es segura: la naturaleza de su amor a Dios corresponde a la
naturaleza de su amor al hombre, y, además, la verdadera cualidad de su amor a Dios y al
hombre es con frecuencia inconsciente -encubierta y racionalizada por una idea más madura de
lo que su amor es-. El amor al hombre, además, si bien directamente arraigado en sus relaciones
con su familia, está determinado, en última instancia, por la estructura de la sociedad en que
vive. Si la estructura social es de sumisión a la autoridad -autoridad manifiesta o autoridad
anónima de la opinión pública y del mercado-, su concepto de Dios será infantil y estará muy
alejado del concepto maduro, cuyas semillas se encuentran en la historia de la religión
monoteísta.
http://extramasquemusicaylibros2.blogspot.com.es/2016/06/erich-fromm-el-arte-de-amar-partes-3-y.html

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